A quién pertenece el pasado

Cada ser humano posee una memoria de los hechos que ha vivido, experimentado, conocido, sufrido o disfrutado. Una memoria cargada de acontecimientos significativos, de detalles insignificantes y de olvidos mayúsculos, que le sirve al individuo para comprender su presente, para explicar y explicarse su realidad.

Umm Qais (Jordania) Foto: AG


Umm Qais (Jordania): el camino que viene del pasado
Foto: AG

En ocasiones, esa memoria se materializa, en forma de ensayos biográficos, y los recuerdos del individuo son, además de un posible aporte histórico, un producto de mercado que la sociedad puede adquirir. De no ser así, la memoria de cada persona es suya, puede compartirla con sus allegados y conocidos, y nadie, fuera de su poseedor, la reclama (aunque siempre puede haber quien se atribuya las anécdotas de otro).

En realidad, como memoria inmaterial de cada persona es un bien inagotable en tanto haya seres humanos.

Pero, además, existe una memoria social, formada por los eventos, las vicisitudes, los éxitos y fracasos vividos en común por un grupo, más o menos amplio, de personas. Una memoria social que no es el fruto de sumar las diferentes memorias individuales, sino el recuerdo de los hechos más notables, representativos o trascendentes de una sociedad que son asumidos por los miembros de esa sociedad.

Por lo general, los estudiosos de la historia se centran en el análisis de esa memoria social, compartida. Los ensayos, las exposiciones, los museos de historia suelen versar sobre ese pasado colectivo.

Sin embargo, frente a la memoria social surge el gran interrogante que encabeza este texto: ¿a quién pertenece el pasado? Como decíamos, en el caso de la memoria individual, parece no haber dudas. Mientras no sea mercantilizada, los recuerdos son propios de cada persona. Pero en el caso del pasado compartido, la propiedad de ese pasado, si la hay, puede ser fuente de enfrentamiento.

La historia de los mayas o de los incas, ¿es exclusiva de los actuales pueblos indígenas de Guatemala o de Perú? ¿Sólo ellos tienen derecho a disfrutarla? ¿Sólo ellos han sido marcados por ese pasado?

Cuando un grupo de habitantes de Cataluña en España, de Flandes en Bélgica, de la Padania en Italia o el Hadramut yemení reclaman la independencia basándose en lo que consideran su pasado, ¿es cierto que esa historia es de su exclusiva propiedad, sólo interpretable por ellos y para hacer uso de esa historia a su sola conveniencia?

¿Puedo apropiarme, sin más, de la memoria de mis ancestros? Es más, ¿cuántos seres humanos en cuántos lugares distantes quizás tengan mis mismos ancestros para hacer esa reclamación?

Pero podemos llegar más lejos. ¿Podemos reclamar la propiedad de lo que ya no es?

Porque si tuviéramos una máquina que viajase al pasado, ¿quién sería el dueño de la historia del siglo XIX?, ¿nosotros, viajeros del tiempo? ¿O los habitantes del siglo XIX que protagonizaron esa historia?

En realidad, sí hay una historia cuya propiedad se puede reclamar sin dudarlo. Como en el caso de la memoria individual, la historia social que se materializa. Los objetos de museo, los recuerdos de viaje, los ensayos científicos, los vídeos de viajes, en tanto que bienes materiales. Con ese plus de ser del pasado, pero, sobre todo, por ser tangibles.

El problema real no es esa parte materializada del pasado. Cuando dos grupos pelean por una obra de arte, por un yacimiento arqueológico, por una colección de archivo, no están sólo peleando, en principio, por el objeto en sí, sino por toda la memoria inmaterial que conlleva, de la que deseamos apropiarnos para defender nuestros intereses actuales.

Una vez más: esa memoria inmaterial, ¿a quién pertenece?

Un pensamiento en “A quién pertenece el pasado

  1. El pasado es la huella que ha dejado el hombre a través del tiempo, el pasado claro que nos pertenece, porque por ese pasado, yo le llamo “historia”, es mi presente, lleno de anécdotas buenas como no buenas, pero enriquecedoras en su mayoría. Yo personalmente quisiera cambiar alguna de ellas… un imposible indudablemente, pero esas que no puedo cambiar, me sirven para mejorar y reflexionar “hoy” que realmente es con lo que se cuenta “hoy”, mañana… no sabemos. Por eso, sin la fascinante historia, no hay presente.

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