Arquitectura vernácula en Extremadura (1)

por Pablo Díaz Donoso

Siempre me han gustado los pueblos. Es por esta razón que, aunque nací en Madrid, hace años me trasladé a Don Benito, un pueblo grande más que una ciudad pequeña, en Extremadura, región del suroeste de España eminentemente rural y de clima pronunciado, donde tengo la fortuna de vivir en una casa típica.

El hecho de ser arquitecto y haber optado por vivir en un pueblo explica mi querencia hacia la arquitectura vernácula. Más en una zona como la extremeña, donde aún resiste los embates del diseño contemporáneo.

Pero, por otro lado, el tipo de arquitectura al que pertenecen este tipo de viviendas choca contra la propia profesión del arquitecto, ya que si algo la caracteriza es por ser una arquitectura muy válida, hecha sin la intervención de arquitectos.


Viviendas de serranía en San Martín de Trevejo (Cáceres)
Imagen: www.deviajeporextremadura.net

Pero ¿qué entendemos por la arquitectura vernácula que aún perdura en muchos pueblos de España?

Desde un punto de vista etimológico, la arquitectura vernácula es “la propia de un lugar”, aunque en realidad, esta arquitectura tiene un sabor más profundo que nace como una respuesta eficaz dada por los lugareños a sus necesidades habitacionales.

Así, las soluciones adoptadas serían un ejemplo evolutivo de adaptación al entorno en el que se asientan, y a las posibilidades técnicas y económicas de los constructores.

Quizá por eso, la arquitectura vernácula no encaja en los grandes tratados de historia de la arquitectura. No hay nombres de artífices insignes asociados a ella. Prácticamente hay tantas arquitecturas vernáculas como necesidades habitacionales, y sus usuarios (constructores a la vez) se escapan de cualquier código constructivo y, sobre todo, estilístico, para convertir a la arquitectura en lo que realmente es: la mejor forma de construir un espacio agradable para la vida.

Pero lo realmente interesante de la arquitectura vernácula es que se trata, como decíamos antes, de una arquitectura sin arquitectos. Es decir, al ser las propias necesidades de los habitantes las que, a lo largo de los siglos, han ido perfeccionando un modo de levantar sus viviendas, nos permite conocer muy bien cómo eran los modos de vida de dichos habitantes.

Éstos levantaban el espacio donde iban a vivir sin un diseño previo, asumiendo la experiencia de una herencia cultural.

El resultado obtenido eran viviendas que resolvían eficazmente, con los recursos y materiales disponibles y las técnicas constructivas conocidas, todas y cada una de las necesidades cotidianas que les eran demandadas.

Así, si usted observa cómo es la arquitectura vernácula en la propia región extremeña, encontrará que en las zonas de serranía, ésta utilizará la piedra como elemento principal, mientras que en la zona más llana el material empleado será la arcilla.

En las serranías abunda la piedra y la madera, materiales que el constructor tradicional emplea en su vivienda. Además, el clima lluvioso propicia la aparición de soportales entre viviendas.

En este caso, en las zonas llanas de la región, predomina la arcilla, con la que el constructor tradicional efectúa, ya sea cocida o sin cocer, los elementos que darán forma a su vivienda.


Viviendas de arcilla encaladas en Zafra (Badajoz)
Imagen: TurismodeExtremadura.com

Huelga decir que el constructor tradicional no solo conocía las técnicas necesarias para levantar su vivienda, sino que la manera en que éstas se asentaban en el terreno también respondía a las necesidades topográficas y climáticas del lugar.

El pueblo que se extiende sobre el llano, de largas calles rectilíneas, se diferencia en su trazado del que se asienta sobre un terreno escarpado, donde el recorrido que siguen sus empinadas callejuelas tiene más que ver con las curvas de nivel de la topografía.


Magacela (Badajoz), pueblo de ladera
Imagen: Google Maps

Además, en la Extremadura del llano, muy calurosa, la presencia de cal en las fachadas, sus huecos pequeños y la estrechez de las calles, responden a la necesidad de proteger del calor el interior de las viviendas.

Todas estas consideraciones sobre el porqué las tipologías de vivienda vernáculas han ido perfeccionándose a lo largo del tiempo y llegado a nuestros días contrasta con la vivienda entendida en el sentido contrario, es decir, la vivienda que da respuesta a unas necesidades impuestas a los futuros moradores.

Me estoy refiriendo a la vivienda planificada a través de un mar de legislaciones urbanísticas y habitacionales que ponderan las hipotéticas necesidades del ciudadano tipo, para diseñar desde arriba barrios y viviendas que dan respuesta a esas supuestas necesidades “estándar”.

No olvidemos que el urbanismo es posiblemente una de las disciplinas donde los poderes públicos más han intervenido en los últimos años, y precisamente lo han hecho con el pretexto de dar respuesta a las necesidades habitacionales de la población, entendida ésta como un grupo homogéneo, con preferencias estandarizables.


Nuevos ensanches del Norte de Madrid
Imagen: Google Maps

¿Podemos decir que los poderes públicos han actuado de manera eficaz antes las necesidades habitacionales de las personas?

Es más, ¿podemos afirmar que los poderes públicos cuentan con la información suficiente para poder determinar cómo debe ser el hábitat del ser humano?

Difícilmente.

Los resultados pueden llegar a resultar grotescos.

Las preferencias habitacionales de la heterogénea y cambiante población son demasiado líquidas como para poder ser resueltas con eficacia desde arriba.

Así, en lugar de dar respuesta a dichas necesidades de la población, es la población la que suele adaptar sus necesidades habitacionales al producto resultante de la planificación urbana.

Por eso es el momento de re-aprender de la arquitectura vernácula.

En sucesivos artículos estudiaremos algunos ejemplos pormenorizados sobre la misma, e incidiremos en la eficacia de la que el constructor tradicional, mediante la experiencia, ha ido dotando a las viviendas que le sirven de cobijo.

 

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