Arquitectura vernácula en Extremadura (2 de 3)

por Pablo Díaz Donoso

Extremadura es una región relativamente grande y despoblada. Al ser un lugar que no ha sufrido los fuertes desarrollos de otras regiones, existen multitud de ejemplos de arquitectura vernácula que pueden ser observados paseando por sus ciudades y pueblos.

Pero, al ser una región muy extensa que alterna paisajes de montaña y de llanuras, no podemos hablar de una arquitectura vernácula extremeña, sino que las diferentes condiciones locales de cada tipo de paisaje han propiciado la aparición de variadas soluciones arquitectónicas para las poblaciones.

En realidad, la arquitectura vernácula tiene la habilidad de sacar partido a cualquier condicionante del paisaje, de ahí que una variación en el mismo implica una solución arquitectónica distinta.


Arquitectura de los Llanos
Imagen: Javier Ferrero

En mi caso, decidí asentarme en un pueblo de tamaño considerable, Don Benito, situado en una zona de vastas planicies, donde es raro el accidente orográfico, y donde el clima continental genera inviernos fríos y veranos muy calurosos. Son los Llanos de Extremadura.

En esta zona, los habitantes eran tradicionalmente personas dedicadas a la agricultura, normalmente y hasta la llegada de las obras de ingeniería, de secano.

Pero, ¿qué condicionantes de partida tenían estos habitantes a la hora de construir su vivienda?

Fundamentalmente tres:

La ausencia de afloramientos rocosos propició el uso de la tierra como material principal para la construcción de sus viviendas. La zona próxima a los ríos era un buen lugar del que extraer arcilla fresca, y los carros tirados por animales servían de excelente medio de transporte para los materiales.

Además, el clima continental era un condicionante fuerte a la hora de diseñar la vivienda, y, por último, las labores del habitante de estas viviendas, normalmente relacionadas con la agricultura y alguna vez con la ganadería, también influían sobre la concepción de la propia vivienda, ya que estas actividades requerían grandes espacios de almacenamiento.

Así, el habitante de los llanos de Extremadura ha aportado hasta nuestros días un modelo de construcción que ha sido un ejemplo eficaz de adaptación al entorno y a sus condicionantes sociales, aprovechando las posibilidades técnicas y económicas de los constructores.

Cuando uno visita diferentes poblaciones de los llanos de Extremadura, uno de los hechos más característicos es la fuerte homogeneidad tipológica de las viviendas.

A pesar de las modificaciones y rehabilitaciones propias de nuestros días, podemos observar con claridad características comunes propias de la arquitectura vernácula.


Homogeneidad tipológica en las viviendas de la calle de la Luna – Don Benito (Badajoz)

La principal característica de las viviendas de los llanos de Extremadura es que todas ellas emplean técnicas constructivas similares.

A diferencia de lo que ocurre en las oficinas de arquitectura actuales, donde el proyectista puede escoger técnicas constructivas y materiales muy diversos, incluso importándolos de cualquier zona del planeta, el constructor de los llanos extremeños gestionaba de manera eficaz las posibilidades que le ofrecía el entorno, y adaptaba la construcción de su vivienda a ellas.

Con el principal material que dicho entorno le ofrecía, la tierra, ejecutaba, mediante diferentes técnicas constructivas, los elementos que componían la vivienda.

Para los muros, usaba dos técnicas principalmente: el adobe y el tapial.

El adobe consistía en piezas de tierra mezcladas con paja que se dejaban endurecer al sol. Con este tipo de piezas se podían levantar anchos muros, que no solo servían como elemento portante, sino que, debido al grosor necesario para soportar las cargas sobre ellos, aislaban muy bien del calor, lo que proporcionaba temperaturas muy agradables en el interior de las viviendas.

El tapial también se construye a partir de la tierra. En este caso, se colocaban dos tablas en el límite del muro y entre ellas se volcaba la mezcla de arcilla, agua, paja y cal hasta compactarla, para lo que el albañil utilizaba pisones o sus propios pies. En ese momento, se retiraban las tablas, que se colocaban en la siguiente porción de muro a ser construida.

El resultado eran paredes muy gruesas que podían durar muchísimos años (se conservan muros de tapial desde tiempos prerromanos). Sin embargo, la humedad afecta a estos muros de tierra, corriendo el riesgo de degradarse.

Para evitarlo, en el caso de los muros de tapial, solía realizarse un pequeño zócalo de piedra que servía como cimiento pero también como impermeabilizante del muro respecto del suelo.

En el caso tanto del tapial como del adobe, el muero se solía revestir con una capa de cal, protegiéndolo de la humedad.


Muros de tapial encalados

Los anchos muros blancos no solo conferían un buen aislamiento de la temperatura, sino que los constructores se cuidaban mucho a la hora de abrir huecos al exterior, de manera que abrían los imprescindibles para ventilar e iluminar adecuadamente, conocedores de que cualquier exceso en las aberturas suponía permitir la entrada de calor procedente del exterior.

Además, el color blanco de los revestimientos de cal minimizaba la absorción de energía solar en las fachadas.

Con estas técnicas principales, el adobe y el tapial, el constructor de estas viviendas vernáculas tenía resuelto el cerramiento y compartimentación de los espacios de la vivienda, pero para cubrir superiormente los espacios empleaba una técnica mucho más elaborada: la bóveda de ladrillo.

Para ello, debía emplear la tierra con una técnica diferente a las anteriores y que requería una dosis adicional de destreza.

Las piezas de mezclas de arcilla eran cocidas a altas temperaturas, generando los típicos ladrillos, con los que después construían las bóvedas que cubrían, de manera elegante y eficaz, los espacios de la vivienda.

Las bóvedas eran soportadas por los muros de carga que, a la vez, servían para separar estancias.

Lo realmente sorprendente de esta técnica es que los experimentados constructores no usaban, a diferencia de los actuales, cimbras o formaletas para montar las bóvedas. Se valían de su propia pericia, únicamente ayudados de unas cuerdas para las hiladas de ladrillos.


Bóveda de ladrillo encalada en casa del bloguero

Una vez había cubierto el espacio con la bóveda, el constructor, que había macizado con ladrillo los arranques, rellenaba el resto con tierra y cal hasta conseguir un pavimento continuo en la planta superior.

Con estas sencillas pero experimentadas técnicas constructivas, el constructor de los llanos de Extremadura levantaba su vivienda.

Hoy aún quedan muchas viviendas de este tipo en infinidad de pueblos de los llanos de Extremadura, pero son muy pocos los albañiles que han heredado los conocimientos para ejecutarlas.

La mecanización en el proceso constructivo, añadido a la incorporación de nuevos materiales como hormigón y acero, cuyas prestaciones son superiores a las de la tierra, además de superar a ésta en el tiempo de ejecución, han relegado a estas técnicas constructivas a un papel casi arqueológico.

No obstante, el estudio y admiración por este tipo de viviendas, y la preocupación por la sostenibilidad en los procesos constructivos (la sostenibilidad no es un invento del siglo XXI, sino una forma lógica de construir a lo largo de la historia), están ocasionando la aparición en el mercado de empresas especializadas tanto en la rehabilitación, como en la construcción, posibilitando un proceso de reaprendizaje de estas técnicas.

Pero, sobre todo, son la mejor demostración de que era posible hacer una arquitectura de calidad, que cumplía con su función de proteger de los rigores del clima, además de ser adecuada para las labores agrícolas sin la necesidad de que sus constructores hubieran de pasar por ningún trámite o burocrático para ejercer.

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