Matrimonio y arquitectura (cuando no funciona)

por Joaquín Cobarro

Si el debate entre tiempo y arquitectura ha de centrarse en un espacio urbano tan determinante como una plaza, hay que entender las plazas como una intersección, como una confluencia de la diversidad. Siempre ha sido así, en mayor o menor grado. Tanto en París como en cualquier ciudad que se enorgullezca de saber apreciar la cultura, esa se desarrolla en las plazas que son artífices de la comunicación y herederas del ágora griego. La condición de espacio público está implícita en su definición y París no es la excepción. En 1967, Pierre Cabanne en su artículo “Pourquoi Paris n’est plus le fer de lance de l’art” mencionó que París se había quedado dormida no en espera de su príncipe azul sino de “una buena patada en el culo”. París fue muchas cosas y lo seguirá siendo, pero en los tiempos en que se construyó el Pompidou necesitaba, con toda seguridad epatar y eso consiguió, vaya si lo consiguió una vez más.

 "Rouxel et Dubois" de Ferdinand Lunel (1896)


“Rouxel et Dubois”
de Ferdinand Lunel (1896)

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Los bajos fondos del arte

Hasta el 24 de mayo, se puede visitar en el Petit Palais de París una curiosa exposición titulada Los bajos fondos del Barroco. La Roma del vicio y la miseria. Se trata de una exposición de pinturas del siglo XVII dedicadas a una serie de temáticas que no son las habituales ni de los clientes de la época, ni de los museos y coleccionistas actuales.

Es cierto que los cuadros de prostitutas y tramposos tampoco son tan raros en lugares como el Prado o el Louvre. Sobre todo, cuando con la excusa de una lección moral, el artista aprovechaba para mostrar a unos tipos humanos tan atractivos, como supuestamente despreciables.

 "La adivina" (1617), de Simon Vouet Imagen: www.simonvouet.org


“La adivina” (1617), de Simon Vouet
Imagen: www.simonvouet.org

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¿Esto es arte? (2 de 2)

Si una obra de arte difícilmente podrá considerarse como tal a partir del compromiso moral de su creador, ni podemos apelar a supuestas tradiciones maximalistas del pasado, por ser éstas inventos a posteriori de los historiadores del arte, ¿qué recurso nos queda hoy para valorar la buena producción artística?

En el libro de Ovejero, El compromiso del creador, aboga por una especie de estética científica, trayendo a colación, en el prólogo, al mismo Gombrich, quien se lamentaba de que los otros científicos (en genética, por ejemplo) dieran grandes avances en sus disciplinas, mientras los historiadores del arte se enredaban en discusiones bizantinas.

 "Cow Parade" en Madrid Foto: madridmasd.org


“Cow Parade” en Madrid
Foto: madridmasd.org

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¿Esto es arte? (1 de 2)

Acaba de aparecer un libro de Félix Ovejero, profesor de economía y ética, titulado El compromiso del creador que trata de reflexionar sobre la forma del arte contemporáneo y hasta qué punto determinadas obras pueden ser consideradas arte.

Para ello, trata de emplear tres principios de validación: qué era arte en la tradición artística, cómo los estudios de estética actuales puede ayudar a reconocer el arte, y, sobre todo, el compromiso moral del artista, su empeño por hacer arte y no sólo por burlarse del espectador o el cliente.

 Los personajes de Falcon Crest Foto: CBS


Los personajes de Falcon Crest
Foto: CBS

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¿Qué ocurre cuando un museo se masifica?

¿Qué ocurre cuando el Louvre recibe más de 9 millones visitantes al año después de la singular reforma que dirigiera el arquitecto Pei en los años 80 del siglo XX para acoger cómodamente a 4 millones de visitantes?

¿Qué ocurre, en definitiva, cuando todo el mundo quiere consumir arte?

Porque que cientos de millones de personas se concentren en visitar una veintena de museos en el mundo más que con las ansias por aprender se encamina ya hacia el consumo masivo de cultura.

 

 Estatua de cera de Michael Jackson en el museo Tussauds de Londres Source: Stella Pictures

Estatua de cera de Michael Jackson en el museo Tussauds de Londres
Source: Stella Pictures

Un artículo reciente de El País llegaba incluso a señalar esa extraña situación que viven los museos más famosos del mundo cuando la gente se empeña en hacerse un selfie, dando la espalda a alguna obra ilustre que, en principio, sería más razonable mirar de frente.

Parece que existe una tensión evidente entre dejar que el mayor número de individuos disfrute de lo que se considera “alta cultura” y la propia calidad de ese disfrute. Parece difícil poder extasiarse frente la Gioconda de Leonardo cuando alrededor hay cientos de turistas bombardeando con sus móviles.

Es más, tanta ansiedad por ver pudiera llegar a ser peligroso para las propias obras de arte: desde el casi inocuo flash hasta las respiraciones y exudaciones de cientos de personas metidas dentro de una sala.

En gran medida, estamos ante una nueva forma de culto. Igual que en la Edad Media, miles de peregrinos se concentraban en las iglesias con las reliquias más famosas (el botafumeiro de la catedral de Santiago de Compostela se balanceaba para quitar el mal olor de los presentes a golpe de incienso), ahora la concentración es en esos nuevos templos de la contemporaneidad que son los museos. Uno no puede pasar por este mundo sin haber visto con sus propios ojos la piedra de Rosetta, el fresco de la Creación de Miguel Ángel o el Guernica de Picasso. No sería suficientemente humano sin haber demostrado su admiración ante esas obras cumbres de la historia y la creatividad. No importa no entender mucho de qué van. Ni siquiera interesa saber si gustan. La cosa es verlas.

Pero es que en realidad, cada cual es libre de apreciar un museo según sus querencias. Si sólo se trata de ver un cuadro famoso, como ya hicieron antes otras muchas personas. ¿Por qué no? ¿Sólo se pueden ver Las Meninas si podemos citar de memoria la fecha en que Velázquez viajó de Sevilla a Madrid? ¿Por qué escandaliza que tantos sean los que quieran ver arte por las razones más peregrinas?

Sobre la conservación de la obra, el caso de la Gioconda es ejemplar. Encerrada tras vidrios de seguridad, su medio ambiente permanece estable y permite que la obra de Leonardo cumpla años sin muchos problemas. Si alguien quiere verla de cerca, para una sesuda tesis que requiere un análisis minucioso del lienzo, siempre podrá solicitar ver el cuadro el día que el museo permanece cerrado por razones de mantenimiento.

La mayor parte de los museos del mundo suspiran por tener visitantes. Los que reciben muchos, cuentan con una amplitud de fondos que les permiten mejorar sus investigaciones. Los que se quejan por la afluencia masiva de turistas, deberían, en realidad, felicitarse por el éxito de la atracción cultural. Los cuadros no se van a perder por que los fotografíen millones de veces. También es cierto que los millones de turistas del Louvre no se hacen más cultos tras pasear por sus salas, pero, si por un momento, descubrieron otra forma de ver la belleza, de contar historias o de acercarse al arte, mereció la pena.

La afluencia masiva puede ser una incomodidad. Pero el verdadero problema es cuando no hay afluencia. Aprendamos a disfrutar, pues, dentro de la incomodidad.

Culturicémonos

Un grupo de animadores culturales se reúnen en la Antigua Guatemala para llevar a cabo un taller de dinamización del turismo de la ciudad.

Punto inicial: el atractivo turístico de la ciudad reside, sobre todo, en su valor cultural. Dicho de forma corriente, que tiene muchas cosas viejas y bonitas. También habrá quien hablará de las tradiciones, la gastronomía vernácula… Siguen siendo cosas que les damos valor por ser de hace (mucho) tiempo.

Pero es posible que haya visitantes que no se interesen ni por las ruinas, ni por los cuadros del siglo XVIII, ni por el pepián, ni por las procesiones de Semana Santa. Quizás les gusten más las discotecas de fin de semana o la ocasión para los locales de conocer (en profundidad) a estudiantes foráneos aprendiendo aquí español. Pero estos turistas de la farra parecen, para los animadores culturales y la prensa que les hace eco, más un problema que una oportunidad.

 "Excalibur" de Boorman (1981) Imagen: Orion Pictures


“Excalibur” de Boorman (1981)
Imagen: Orion Pictures

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Consumir cultura (2 de 2)

Decía también Juan José Millás que la cultura no es un consumo, sino una forma de vida. Pero como todas las formas de vida, además de ser exclusivas de cada cual, pueden necesitar adaptaciones y cambios según las circunstancias. Hoy puedo necesitar leer a Tolstoi y mañana quizás me resulte más placentero quemar sus libros (como hacía el Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán).

 Manuel Vázquez Montalbán Foto: Daniel Vázquez Sallés / El Mundo


Manuel Vázquez Montalbán
Foto: Daniel Vázquez Sallés / El Mundo

En ningún caso, ser más culto me garantiza ser más feliz, aunque pueda existir una relación entre un aumento del mercado cultural con un mejor nivel de vida. Pero una relación contraria a la esperada. No vivimos mejor porque le dedicamos más tiempo al arte y al espectáculo. Sino que cuando vivimos mejor (por mejorar nuestras condiciones económicas) es cuando podemos dedicarle más tiempo al arte y al espectáculo.

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Consumir cultura (1 de 2)

Recientemente, el escritor y columnista Juan José Millás criticaba el término de consumo cultural considerando que la cultura no puede ser consumida en el sentido de que la obra adquirida no desaparece después de su uso. El lector de Crimen y castigo puede recorrer la novela de Dostoievski tantas veces como quiera sin que por ello la novela desaparezca, el placer disminuya o haya que pagar al autor por cada vez que se siga la historia.

Desde un punto de vista semántico, Millás parece tener razón. Consumir es destruir, extinguir, gastar energía. Sólo si leyéramos tanto la novela rusa que se rompiera la encuadernación o tuviéramos un accidente que destruyera el libro, entonces sí podríamos hablar de su consumo.

Crimen y castigo Michail Petrovich Klodt (1874) Galeria Chastnoye Sobraniye

Crimen y castigo
Michail Petrovich Klodt (1874)
Galeria Chastnoye Sobraniye

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