El más viejo de los nuevos museos

La prensa española se hace eco estos días de la apertura de un nuevo museo en Madrid, el de la Fundación Carlos de Amberes, dedicado al arte flamenco y holandés de los siglos XVI y XVII.

En estos tiempos de crisis económica en España, parece atrevida una iniciativa que refuerza el terreno del arte. Pareciera que en tiempos de apreturas, la cultura tiende a dejar sitio a otras necesidades más imperiosas.

 La infanta Isabel Clara Eugenia, por Rubens Foto: Museo del Prado


La infanta Isabel Clara Eugenia, por Rubens
Foto: Museo del Prado

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¿Qué ocurre cuando un museo se masifica?

¿Qué ocurre cuando el Louvre recibe más de 9 millones visitantes al año después de la singular reforma que dirigiera el arquitecto Pei en los años 80 del siglo XX para acoger cómodamente a 4 millones de visitantes?

¿Qué ocurre, en definitiva, cuando todo el mundo quiere consumir arte?

Porque que cientos de millones de personas se concentren en visitar una veintena de museos en el mundo más que con las ansias por aprender se encamina ya hacia el consumo masivo de cultura.

 

 Estatua de cera de Michael Jackson en el museo Tussauds de Londres Source: Stella Pictures

Estatua de cera de Michael Jackson en el museo Tussauds de Londres
Source: Stella Pictures

Un artículo reciente de El País llegaba incluso a señalar esa extraña situación que viven los museos más famosos del mundo cuando la gente se empeña en hacerse un selfie, dando la espalda a alguna obra ilustre que, en principio, sería más razonable mirar de frente.

Parece que existe una tensión evidente entre dejar que el mayor número de individuos disfrute de lo que se considera “alta cultura” y la propia calidad de ese disfrute. Parece difícil poder extasiarse frente la Gioconda de Leonardo cuando alrededor hay cientos de turistas bombardeando con sus móviles.

Es más, tanta ansiedad por ver pudiera llegar a ser peligroso para las propias obras de arte: desde el casi inocuo flash hasta las respiraciones y exudaciones de cientos de personas metidas dentro de una sala.

En gran medida, estamos ante una nueva forma de culto. Igual que en la Edad Media, miles de peregrinos se concentraban en las iglesias con las reliquias más famosas (el botafumeiro de la catedral de Santiago de Compostela se balanceaba para quitar el mal olor de los presentes a golpe de incienso), ahora la concentración es en esos nuevos templos de la contemporaneidad que son los museos. Uno no puede pasar por este mundo sin haber visto con sus propios ojos la piedra de Rosetta, el fresco de la Creación de Miguel Ángel o el Guernica de Picasso. No sería suficientemente humano sin haber demostrado su admiración ante esas obras cumbres de la historia y la creatividad. No importa no entender mucho de qué van. Ni siquiera interesa saber si gustan. La cosa es verlas.

Pero es que en realidad, cada cual es libre de apreciar un museo según sus querencias. Si sólo se trata de ver un cuadro famoso, como ya hicieron antes otras muchas personas. ¿Por qué no? ¿Sólo se pueden ver Las Meninas si podemos citar de memoria la fecha en que Velázquez viajó de Sevilla a Madrid? ¿Por qué escandaliza que tantos sean los que quieran ver arte por las razones más peregrinas?

Sobre la conservación de la obra, el caso de la Gioconda es ejemplar. Encerrada tras vidrios de seguridad, su medio ambiente permanece estable y permite que la obra de Leonardo cumpla años sin muchos problemas. Si alguien quiere verla de cerca, para una sesuda tesis que requiere un análisis minucioso del lienzo, siempre podrá solicitar ver el cuadro el día que el museo permanece cerrado por razones de mantenimiento.

La mayor parte de los museos del mundo suspiran por tener visitantes. Los que reciben muchos, cuentan con una amplitud de fondos que les permiten mejorar sus investigaciones. Los que se quejan por la afluencia masiva de turistas, deberían, en realidad, felicitarse por el éxito de la atracción cultural. Los cuadros no se van a perder por que los fotografíen millones de veces. También es cierto que los millones de turistas del Louvre no se hacen más cultos tras pasear por sus salas, pero, si por un momento, descubrieron otra forma de ver la belleza, de contar historias o de acercarse al arte, mereció la pena.

La afluencia masiva puede ser una incomodidad. Pero el verdadero problema es cuando no hay afluencia. Aprendamos a disfrutar, pues, dentro de la incomodidad.

¿Museos? ¿Para qué? (3 de 3)

Un museo es, en primer lugar, una forma de enseñar a través de los objetos. Además, los conserva, los investiga, los exhibe, pero, sobre todo, enseña.

(Esta misma frase la utilicé hace años para optar a un trabajo en el Busch-Reisinger Museum de la Universidad de Harvard. Me rechazaron. Hoy, a pesar de todo, trabajo de conservador).

¿La enseñanza ha de ser entretenida? Sí. Lo opuesto a entretenido es aburrido y cuando alguien se aburre, no aprende mucho.

William Merritt Chase In the studio 1882 Brooklyn Museum


William Merritt Chase – “Studio interior” (1882)
Foto: Brooklyn Museum

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¿Museos? ¿Para qué? (2 de 3)

En cualquier caso, los museos, al margen de su función, deben encarar un problema clave: su financiación. Tal como explicaba el artículo de The Economist, junto a las subvenciones públicas, las donaciones privadas y los ingresos por entrada, los museos han ido buscando otras fuentes de ingresos más imaginativas: el “merchandaising” de los museos ya es un tema aparentemente muy trillado, aunque aún hay nichos de mercado que pueden llenarse. De las diapositivas y postales que reproducían obras, se pasó a camisetas o pañuelos promocionales, para desembarcar en el mundo de las agendas y los calendarios o de los juegos para niños. Poco a poco van apareciendo aplicaciones para móviles o libros que utilizan como excusa el museo (las recetas de las comidas que aparecen en los cuadros o la verdadera historia del personaje anónimo de tal cuadro). El futuro pasa por otros productos interactivos, quizás más lúdicos, con lo que volvemos a la polémica de para qué los museos.

El préstamo de obras es otra de las fuentes de ingresos que puede resultar más rentable, aunque siempre levantará la crítica de los conservacionistas que consideran problemático desplazar los objetos, lo cual es cierto, aunque no pareció un problema el día que se llevaron los mármoles del Partenón de Atenas a Londres, o los toros alados mesopotámicos de Sargón II desde Iraq a París. Depende quién lleve qué y cuándo es o no es un problema.

 Toro antropomórfico de Sargón II Foto: Museo del Louvre / Thierry Ollivier


Toro antropomórfico de Sargón II
Foto: Museo del Louvre / Thierry Ollivier

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¿Museos? ¿para qué? (1 de 3)

Un reciente artículo de The Economist hablaba del inusitado éxito de los museos en todo el mundo quizás por la nueva forma que tienen de presentarse al público: frente a la visión de almacenes polvorientos encargados de guardar cosas viejas, hoy aparecen como lugares de entretenimiento, sitios donde pasarlo bien.

¿Acaso un museo es un parque de atracciones o estadio de fútbol que tenga que atraer a las masas para divertirlas? Es más, ¿por qué ir a un museo cuando casi todo lo que exhiben podemos verlo en la pantalla de nuestro ordenador gracias a Internet?

Museo Guggenheim de Bilbao Foto: MykReeve


Museo Guggenheim de Bilbao
Foto: MykReeve

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El ábside original, el falso y el virtual (1 de 2).

La iglesia de San Clemente de Tahull, en los pirineos ilerdenses, en el norte de España, exhibe desde hace poco una reconstrucción virtual de su famoso ábside del siglo XII.

Iglesia de San Clemente de Tahull Foto: Xavigivax


Iglesia de San Clemente de Tahull
Foto: Xavigivax

La reconstrucción ha sido realizada y financiada por la Obra Social de la Caixa, entidad privada con una clara vocación pedagógica en esa su Obra Social.

Las pinturas originales se encuentran hoy en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), donde fueron trasladadas entre 1919 y 1923. Su traslado fue motivado tanto por el prurito de su conservación, como para evitar su venta, dado que en ese momento ya varios párrocos de los valles pirenaicos habían vendido algunas de las pinturas murales a coleccionistas foráneos.

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