Guzmán no somos todos

por Pablo Díaz Donoso

La Casa Guzmán ha sido demolida.

Con esta frase comenzaba el escrito con el que la fundación Alejandro de la Sota informaba sobre la desaparición de una de las viviendas más significativas de la obra del arquitecto.

La Casa Guzmán era una extraordinaria obra de arquitectura. Encargada por el ingeniero Enrique Guzmán al arquitecto Alejandro de la Sota, se situaba en Algete, a pocos minutos de la capital de España. Se trataba de una pieza no demasiado grande, exenta, que resuelve la suave pendiente de la parcela situándose en la parte más alta de la misma, posándose, en palabras del propio arquitecto, como si fuera un sólido en un medio líquido. El resultado era una extraordinaria relación de simbiosis entre los espacios interiores y los exteriores de la vivienda.

 Imagen: Fundación Alejandro de la Sota


Casa Guzmán – Fundación Alejandro de la Sota

La desaparición de la obra es una mala noticia para los que amamos la arquitectura, pues, aunque hay una extensísima documentación que permite estudiar a fondo la obra, nos priva de poder visitarla, contemplarla y entenderla en directo.

Tras conocerse la noticia, numerosos arquitectos, blogs de arquitectura y artículos de prensa en general, se han hecho eco rápidamente de la noticia.

A continuación algunos extractos de lo escrito al respecto:

“…la arquitectura contemporánea sufre de la falta de cultura, de la falta de sensibilidad, de la falta de protección y del fallo en cadena de la profesión, fruto de la desidia que se ampara en lo que es legal. Nada ni nadie ha impedido que los propietarios hayan demolido la vivienda. Es el concepto de lo mío es mío y hago con ello lo que quiero.”

“En arquitectura esto es lo normal, nadie se imagina que un heredero pueda destruir un cuadro o una escultura. Nadie lo podría imaginar y tendría enfrente el peso de la ley.”

“…una cadena de desinterés, de inconsciencia y desidia, ha dejado la suerte de esta obra en manos de los que no aman la arquitectura.”

“…esto no debe volver a ocurrir. Falta cultura, falta criterio, falta compromiso, falta valentía.”

“¿A quién pertenece la arquitectura cuando ésta es irrepetible? ¿No se convierten entonces en patrimonio del hombre?”

“¿Cómo ha podido destruirla alguien que la pudo vivir y comprender a lo largo de los años?”

 “¿Cómo era posible que alguien después de tocar y entender perfectamente a Bach fuese capaz de cerrar la tapa del piano y aniquilar miles de seres humanos en un campo de concentración?  No tenemos respuestas para esa pregunta.”

La opinión, en general, es bastante homogénea, incluso en los textos que se acercan al delirio y es unánime la petición a quién corresponda para que impida  que se vuelva a repetir un hecho similar.. Este tipo de obras constituyen un patrimonio que es de todos.

¿Seguro?

No, de ningún modo.

La Casa Guzmán perteneció al señor Guzmán, y posteriormente, a sus legítimos herederos.

Enrique Guzmán no solo empleó su dinero en contratar a un arquitecto de reconocido prestigio, sino que participó, con al menos dos cambios sobre el proyecto original, en la concepción de su vivienda. También fue Enrique Guzmán quien permitió gustosamente la visita de miles de estudiosos al lugar donde vivía, como contaba aquel estudiante suizo, que narraba cómo iba envejeciendo el material de la fachada tras sus sucesivas visitas.

El hecho de que los legítimos propietarios hayan decidido demoler una bella obra de arquitectura, tras no haber encontrado comprador, no puede de ningún modo suponer, como se pide desde todos los ámbitos, que se intervenga contra la propiedad privada.

De permitirse dicho atropello, cabría preguntarse en qué momento la colectividad decide que una construcción pasa, de tener dueño, a tener centenares de miles de dueños, es decir, en qué momento pasa  a pertenecernos a todos.

¿Es en el momento en que ese propietario le encarga a un genial arquitecto un proyecto? Si es así estaremos introduciendo unas perversas reglas de juego que desincentivarán y mucho a los nuevos promotores de obras a realizar encargos a tan brillantes arquitectos. Ni siquiera aparecerán compradores interesados en adquirir obras de reconocidos arquitectos, más que la propia administración. El propio Alejandro de la Sota vivió con pena la demolición de otra de sus obras, en la madrileña calle Doctor Arce, debido a que su propietario temía que pudiera ser catalogada, es decir, que pudiera dejar de pertenecerle para pertenecernos a todos. Los “amantes de la arquitectura” habrán instaurado, entonces, un impedimento para que los mejores arquitectos diseñen  para propietarios privados, ya que esas propiedades podrían pasar a ser de todos en cualquier momento.

También podría suceder que solo las obras que se considerasen únicas e irrepetibles pasaran a formar parte del patrimonio de todos, independientemente o no de su autor, con lo cual el incentivo sería más perverso aún, ya que residiría en quién considera qué obras son únicas e irrepetibles.

La desaparición de la Casa Guzmán es, efectivamente, una pérdida irreemplazable de una vivienda única, pero el camino para conservar vivas el mayor número de obras posibles y sobre todo, para que nuevas y maravillosas obras sigan naciendo, no es actuar inquisitorialmente contra los legítimos propietarios por no ser “verdaderos amantes de la arquitectura”. Tampoco es obligar a la fuerza a la totalidad de la ciudadanía a adquirir obras de arquitectura, puesto que entre los ciudadanos se encuentran amantes y no amantes de la arquitectura.

El mejor ejemplo de cómo los amantes de una serie de bienes consiguen mantenerlos y conservarlos vivos quizá sea la National Trust, la asociación sin ánimo de lucro que conserva y revaloriza monumentos y lugares de interés en Gran Bretaña.

Con más de 4 millones de miembros, se considera uno de los mayores propietarios de bienes inmuebles del Reino Unido.

Sus más de 300 monumentos, jardines y tierras, aumentan año a año con las aportaciones y donaciones de sus miembros, que rondan los 5 euros al mes.

Si de verdad queremos conservar y disfrutar de las obras de arquitectura que realmente nos emocionan, el camino no pasa por irrumpir en las propiedades de los que no aman la arquitectura, ni por obligar a toda la ciudadanía a amar la arquitectura.

Y como vemos, otras maneras de cuidar lo que de verdad amamos son posibles.

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