Matrimonio y arquitectura

El centro cultural Georges Pompidou de París envejece mal.

Hace veinte años, cuando trabajaba en la excavación arqueológica del museo de Arte judío, situado a dos cuadras del Pompidou, pasaba todas las mañanas frente al centro cultural, que ya estaba siendo sometido a una intensa labor no de restauración, sino de reconstrucción, pues, prácticamente, tuvieron que ir sustituyendo una a una todas las piezas que constituían el edificio. Para ese entonces, el Pompidou tenía poco más de veinte años, había envejecido mal, y pasados otros veinte, hay que volver a arreglarlo.

 Centro Pompidou de París Foto: A. Garín


Centro Pompidou de París
Foto: A. Garín

Recuerdo un ardoroso debate que mantuve con un colega arquitecto, hace tiempo, viajando a París con un grupo de estudiantes. Mi colega defendía el Pompidou por su carácter de arquitectura experimental y su capacidad para generar un amplio espacio público en la gran plaza inclinada, Beaubourg, que queda a un costado del centro.

Mi compañero lo que no sabía es que en París, cualquier plaza por pequeña que sea, se convierte al momento en espacio público, para vender frutas u objetos de segunda mano; para tomar un café con los amigos mientras lías un cigarrillo o para solearse los viejos jubilados; para manifestarse contra el capitalismo, el totalitarismo o por la patria. No hace falta levantar un centro cultural para animar a los parisinos a estar en la calle.

Igualmente, mi colega se olvidaba que en la historia de la arquitectura hay numerosísimos ejemplos de experimentos constructivos. Los llamamos arquitectura efímera, levantada para eventos singulares, con materiales ligeros y que, a la larga, podían convertirse en modelos para una construcción más durarera. El problema de buena parte de la vanguardia es pensar que están en la obligación de tener que inventarlo todo, en vez de darse cuenta que ganan más sacándole provecho a la historia.

En cualquier caso, volviendo a esa arquitectura contemporánea que refleja el Pompidou, más que atrevida, insensata.

En realidad, deberíamos concebir la arquitectura como un matrimonio. Es muy posible que vayas a convivir con tu pareja los siguientes treinta o cuarenta años, así que será conveniente hacerse una idea de cómo será esa persona pasadas tres o cuatro décadas. En definitiva, de cómo va a envejecer.

Desde que Le Corbusier pregonó hace casi un siglo que las viviendas habían de ser máquinas para habitar, condenó a la arquitectura a envejecer mal. Aún peor, buena parte de la arquitectura contemporánea, al cabo de los años, no es una arquitectura con las arrugas venerables de la vejez, sino con las sucias marcas de las máquinas que ya no sirven más que para tirarlas a la basura.

Las casas no pueden ser máquinas. Ni los centros culturales. Ni los templos, los supermercados o las escuelas.

Son espacios de vida, donde cada ser humano que pasa deja su marca sensible, a veces irracional, siempre emotiva. Es absurdo pensar que una máquina pueda servir como espacio para vivir. No podemos vivir dentro de una computadora, ni de un microondas, ni de una lavadora.

Me he sorprendido a mí mismo viendo cómo envejecían los edificios que se están construyendo hoy, sorprendido por descubrir el escaso valor que le damos al tiempo, la arrogante consideración de que vivimos en un hoy que nunca cambia, permanente, inalterable.

Triste vida sería pensar que todos los días, todas las horas, han de ser iguales.

Yo dejaría morir el Pompidou. Dejaría que sus tuberías y sus canalizaciones se pudrieran y sus estructuras metálicas se oxidaran. Que un día ya la gente no pudiera acceder, que hubiera que acordonar la zona y que, en algún momento, se procediera a su demolición. Quizás perderíamos un edificio singular (que lo es), pero también dejaríamos de empecinarnos en creer que podemos acabar con el tiempo.

2 pensamientos en “Matrimonio y arquitectura

  1. ¿Por qué se inicia tú artículo usando el Centro cultural Pompidou como representatividad de la Arquitectura contemporánea y efímera y no a la Torre Eiffel, siendo ésta un mejor y más claro ejemplo de esta arquitectura? La respuesta es relativamente sencilla, es más fácil llegar a tus conclusiones desde la debilidad de la conservación del Pompidou que a través del impetuoso derroche de conservación de la Torre.
    Sobre tu exposición, concluyes que en París no hace falta levantar un centro cultural para animar a los parisinos a estar en la calle, dando así por hecho que la arquitectura nada tiene que ver con el uso del espacio público en esa ciudad pero volviendo al mismo ejemplo pregunto: ¿El parque del Campo de Marte estaría lleno de gente aún no estando la Torre Eiffel?
    Dejando a un lado la relación con el espacio público y centrándonos sólo en lo construido, yo creo que los inventos tienen su origen en lo ya inventado que no es otra cosa que la propia historia, por tanto inventar no es sólo compatible con sacar provecho de la historia sino que ambas están estrechamente relacionadas.
    Efectivamente hay inventos que son auténticos desastres pero no por ello debemos desecharlos y menos aún en la arquitectura. El tiempo de las personas no tiene la misma escala que el tiempo de la Arquitectura. No podemos comprobar en una sola vida si los inventos arquitectónicos son o no insensatos, serán nuestros tataratataratataranietos quienes gracias a nuestros esfuerzos de conservación podrán decidir de forma objetiva y no a través de archivos lo que nosotros hicimos y entonces juzgar si nuestra arquitectura fue o no fue insensata. No se trata de conservar el ego de lo hoy construimos sino de todo lo contrario, de ser conscientes de lo pequeños que somos y de lo insignificante que es nuestro tiempo.
    En la vida y en el matrimonio tienes que tener la dignidad de saber envejecer, pero eso no significa que no puedas cuidarte y mantenerte por dentro y por fuera no sólo para ti sino también para tu pareja. Eso mismo se debe hacer con los edificios. El que el Centro pompidou presente peor aspecto con el paso del tiempo sólo tiene que ver con el grado de ingresos que se derivan de su explotación. Cierto es que la tipología de su construcción es más cara de mantener que la fachada del Museo del Louvre y quizás tus críticas hacia la modernidad sobre la historia tengan que ver con esta reflexión, pero siendo consecuente con este criterio deberíamos dejar que la estructura de la Torre Eiffel se oxidara y se deteriorara hasta tal punto que algún día se tuviera que demoler.
    Yo conservaría el Pompidou, renovaría sus instalaciones, lo pintaría y dejaría que las generaciones futuras decidan con la objetividad que proporciona lo que se conserva si fue o no insensato construirlo y de vez en cuando nos sentaríamos juntos (tomando una cervecita) en la Plaza de Beaubourg delante de él para que nos recordara que la vida cambia, que es alterable y que no es permanente.

    • Gracias por tus comentarios, más que pertinentes. Sobre todo porque la torre Eiffel, al contrario del Pompidou, sí había de tener un carácter efímero. Es cierto que hoy tiene una serie de funciones no previstas que hacen de la torre un edificio preservable. No sólo se ha convertido en el símbolo (arquitectónico y genérico) de París (con más de siete millones de visitantes anuales), sino que además es la torre de telecomunicaciones más importantes de la región parisina, sirviendo como repetidor para diez canales de televisión y 30 emisoras de radio. Es decir, si demoliésemos la torre Eiffel, habría que construir otro montón de torres de telecomunicaciones sin la seguridad de recibir los ingresos de esos siete millones de espectadores y sin contar con el singular diseño, controvertido en su tiempo, pero atractivo de la torre. En el caso del Pompidou, mi sorpresa radica en que fui espectador de su “reconstrucción” (que no mantenimiento) en 1994 y vuelvo a serlo en 2015. Es decir, hay que rehacer el edificio cada 20 años. Por tanto, no son los tataranietos de mis tataranietos los que verán el resultado del invento, sino que soy yo mismo quien lo ha visto por dos veces y, con algo de suerte, podré volver a verlo dos veces más. Llegados a este punto, la clave está en preguntarse si la arquitectura contemporánea contempla el factor “tiempo” como elemento de diseño, pero eso dará para otra entrada de este blog.

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