Patrimonio espacial

por Pablo Díaz Donoso

Hace tres años se puso en marcha este blog, titulado ¿A quién pertenece el pasado?

El objetivo era estudiar la manera en que nosotros, hoy, nos apropiamos del pasado.

¿Qué podemos poseer del pasado?

Obviamente podemos poseer bienes tangibles, como pueden ser objetos, monumentos o territorios, que vienen del pasado. No podemos poseer ideas, conceptos, identidades. No podemos poseer bienes abstractos. Aunque lo intentemos.


Meteorito de Colomera
Imagen: El País

Ahora, ¿quién debería ser el propietario de los bienes materiales que vienen del pasado?
En una charla de Alberto Garín, éste hacía imaginar al público que en su casa tenía una pluma estilográfica antigua. Podríamos hablar de la afición de del profesor Garín por las plumas antiguas.

Pero a continuación, nos explicaba que la pluma podría ser de su tatarabuelo. Entonces podríamos pensar que su tatarabuelo sería una persona culta, pues en aquellos tiempos no todo el mundo escribía, y menos con ese preciado instrumento.

Finalmente, nos hizo pensar que su tatarabuelo podía ser José Cecilio del Valle, político guatemalteco de comienzos del siglo XIX y, por tanto, aquella pluma bien pudiera haber sido el objeto con que se firmó el acta de la independencia de Guatemala.

Llegados a este punto, nos hacemos la siguiente pregunta:

Un objeto tan importante ¿nos pertenece a todos?

¿Algo tan importante puede pertenecer a una sola persona?

Si la pluma de Garín hubiera sido la de José Cecilio del Valle probablemente se convertiría en lo que llamamos “patrimonio histórico nacional”.

Así de manera casi mágica pasaría a pertenecernos a todos, aunque bien es cierto que si estuviera en un museo, no les dejarían acercarse mucho a ella.

Mediante este procedimiento, más o menos variable en según qué lugares, los poderes públicos pueden hacer cuanto estimen oportuno con los objetos del pasado.

Llegados a este punto, me pregunto, ¿cómo de antiguo tiene que ser un objeto para ser considerado patrimonio histórico?

Alguien me podría contestar que todo aquello que tiene que ver con la historia del hombre puede ser considerado patrimonio, pero tampoco sería del todo preciso.

En museos de todo el mundo tenemos centenares de esqueletos de dinosaurios, esos bichos que vivieron mucho antes que los hombres, que también son considerados patrimonio histórico.

Por tanto, no queda claro en qué momento empiezan los objetos a ser considerados patrimonio.

Por otro lado, y dado de que los objetos que son inventariados pertenecen a un colectivo nacional, normalmente diferentes Estados entran en conflicto para dilucidar sobre quién guarda una relación más clara con determinados objetos.

Solo tenemos que echar un vistazo a recientes hallazgos de barcos hundidos y sus posteriores litigios.

La historia que podíamos leer el día 3 de Marzo de 2017 en la edición digital de El País iba aún más allá en el debate sobre los objetos que provienen del pasado.

El titular decía así: “El Estado pierde el mayor meteorito de España

Bajo el mismo, una frase: “Un juez devuelve una roca procedente del espacio, de 130 kilos, a la heredera del hombre que lo cedió al Museo Nacional de Ciencias Naturales hace 80 años”.

La historia, en pocas palabras, era la siguiente:

Los restos de un planeta desintegrado (deducción hecha por la composición de metales del meteorito) eran hallados en 1912 en la localidad granadina de Colomera. El joven practicante y vecino de Almuñécar, Antonio Pontes, pensó que aquel pedrusco que había encontrado podía tener algún valor, e hizo llegar algunos trozos a la Universidad de Granada.

Tras comprobarse que el denso objeto procedía del espacio, Pontes decidió cederlo al Museo Nacional de Ciencias Naturales. En el contrato que firmaron ambas partes, se leía que la piedra quedaba en depósito, pero siempre a disposición de su legítimo dueño, que podría retirarlo cuando lo estimase oportuno.

El bueno de Antonio nunca reclamó el objeto y el Estado consideró el meteoro metálico una parte más de su colección.

Bajo estas “nuevas condiciones de propiedad”, el trozo de metal comienza una serie de viajes, entero o en trozos, por diversas partes del mundo, donde es analizado y estudiado. Desde California, donde fue troceado en lonchas, pasando por Nueva York, llegando incluso a colecciones privadas, y finalmente de regreso de nuevo a España.

En 2008 el Ayuntamiento de Colomera solicitó al Museo Nacional que sus vecinos pudieran conocer la historia del objeto.

Los responsables del Museo, que ofrecieron toda su colaboración al ayuntamiento, se lamentan ahora de la buena fe que tuvieron en ese momento, ya que expusieron toda la historia al alcance del pueblo, incluido aquel contrato donde se podía leer el nombre del señor Pontes. A partir de ese momento, según los propios responsables del museo, llegó un calvario.

Amparo Pontes, nieta de Antonio Pontes, legítima y única heredera del mismo, demandó al Estado español.

Debido a que el objeto se encontraba troceado y repartido entre diferentes entidades a lo largo del planeta, no solo solicitaba lo que quedaba del objeto, sino una indemnización por tan atrevido uso sobre un bien cedido por un particular.

Tras el juicio, el juez falló a favor de la heredera, y condenaba al Museo a devolverle todos los trozos existentes en su poder, más una cantidad de 50.000 euros como compensación por no haber conservado el objeto en el estado en que lo dejó en depósito su abuelo.

En el artículo, los responsables del Museo sienten que este suceso puede convertirse en un ejemplo para otras demandas que quieran hacerse sobre el patrimonio, que, como se ha visto con el caso del meteorito, no está lo suficientemente bien protegido.

Finalmente, el Museo trató de que el meteoro fuera reconocido como Bien de Interés Cultural, para que los propietarios no lo puedan “cortar ni vender alegremente”.

La historia del meteoro del señor Pontes pone de relieve que la voracidad de los Estados, a través del patrimonio nacional, es ilimitada en cuanto a la apropiación de los bienes históricos.

Lo que en un primer momento era un contrato de cooperación voluntario de un propietario que, gustosamente, ponía a disposición de una entidad un objeto de su propiedad, se convierte años más tarde en un elefantiásico Estado lamentándose por el hecho de haber tenido que devolver al legítimo propietario algo que le usurpó, en un claro incumplimiento contractual.

Llegados a este punto, debemos preguntarnos nuevamente qué es el patrimonio histórico nacional. Y sobre todo, en qué momento hemos aceptado que el Estado extraiga bienes materiales de sus propietarios en nombre de un supuesto interés de toda la población.

¿Cómo es posible que un manirroto Museo Nacional, que troceó y esparció una roca por medio mundo, quiera declarar como Bien de Interés Nacional esa misma roca para evitar que pueda ser troceaba o vendida estando en manos privadas?

¿Qué hace suponer a las autoridades culturales que determinados objetos deben estar en sus manos en lugar de estar en las de sus propietarios?

¿Qué sentido tiene que las autoridades culturales acaparen una ingente cantidad de bienes materiales de manera coactiva?

Al igual que la Iglesia durante el medievo, ¿por qué deben estar centenares de valiosos bienes en unas “manos muertas culturales”?

¿Estamos ante la amortización del siglo XXI?

Casos como el del meteoro de Colomera deberían despertar una profunda reflexión sobre el concepto de patrimonio.

Si bien el ciudadano percibe como ilegítimas intrusiones en su propiedad determinados impuestos, gravámenes o expropiaciones, aun a pesar de justificarse por parte de las autoridades mediante un hipotético interés general, en el caso de los bienes culturales, son muy pocas las voces que cuestionan esas otras intrusiones, ya que normalmente el ciudadano entiende que “la cultura” sí es un bien de interés general, y por tanto solo puede ser difundida a través del Estado, quedando legitimada cualquier acción contra unos pocos cuando lo que está en juego es la cultura de muchos.

Es el momento de librar una batalla intelectual en este sentido, antes de que las autoridades culturales no sólo traten de inventariar todo cuanto esté sobre la tierra, sino, como en el caso del señor Pontes, continúen inventariando objetos del resto del universo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *