¿Realmente queremos proteger el patrimonio? (1 de 2)

La arqueóloga Sarah Parcak recibió el TED Prize 2016 para llevar a cabo su proyecto de supervisión de los sitios arqueológicos vía satélite para evitar el saqueo de dichos sitios. Los primeros avances de su proyecto se presentaron en la reunión del TED en Vancouver hace una semana.

Al hilo de la destrucción sistemática que el Estado Islámico (ISIS) está realizando en el sitio de Palmira, iniciativas como la de Parcak parecen pertinentes. Sin embargo, si bien es cierto que ISIS está traficando con antigüedades para financiar sus acciones, no debemos mezclar dos realidades diferentes.

 Estatua de la reina Hatshepsut Foto: Rob Koopman


Estatua de la reina Hatshepsut
Foto: Rob Koopman

Por un lado, la más inmediata: la destrucción del patrimonio histórico en una guerra no es una moda de los integristas islámicos. En realidad, tratar de destruir la memoria como método de imponer un pensamiento único ha sido un hábito de los tiranos desde la más remota antigüedad. La faraona Hatshepsut trató de ser arrancada de la historia mediante la destrucción sistemática desde sus inscripciones a sus monumentos.

La diferencia hoy es que la publicidad que le damos a los actos de ISIS hacen que este grupo terrorista se recree en la destrucción del patrimonio como medio para aumentar su fama, de modo que si lo que se trata es denunciar sus desmanes, posiblemente, lo que estamos consiguiendo con tanta denuncia es aumentar esos desmanes.

En un contexto de guerra, las dificultades para salvar desde las vidas humanas al patrimonio son evidentes.

El proyecto de Parcak puede perseguir ese objetivo, pero, de partida, lo planteó para el mundo egipcio, donde, pese a las revueltas políticas, el patrimonio se ve afectado por el saqueo, pero no por su destrucción sistemática.

De nuevo, el pillaje de antigüedades con objeto de venderlas y obtener un beneficio económico es también remoto. Sin salir de Egipto, las tumbas de los faraones eran saqueadas, sobre todo, en tiempos de crisis y con el visto bueno de las autoridades del momento. Por una vez, no podemos acusar al mercado capitalista de haber inventado esta práctica.

La razón del pillaje es sencilla: o bien los objetos saqueados tienen un valor per se más allá de su significación histórica (en especial, los metales preciosos), o bien esa significación histórica hace que el objeto tenga un precio elevado en el mercado de antigüedades.

En el siglo XXI, ese mercado de antigüedades tiene una característica que lo distingue del resto de mercados conocidos: los bienes patrimoniales tienden a no poder venderse sin la autorización de los organismos estatales del país donde se encuentra dicho bien.

¿Se imaginan que cada vez que un productor de vino de Rioja o de vino de Borgoña quisiera vender su producción, tuviera que pedir permiso a las autoridades culturales de España o Francia? Habrá quien diga que hay una diferencia entre una botella de vino, por muy sabroso que sea, y, por ejemplo, un marfil románico de Logroño (capital de la Rioja) o la cerámica plenomedieval de Cluny (donde se levantó el monasterio más destacado de la historia borgoñona).

Por supuesto que son objetos con un uso diferente y con un peso simbólico distinto. Lo que no quita que posiblemente, para la mayor parte de la humanidad la “identidad española” o la “identidad francesa” y la historia de estas dos naciones se refleja mejor en su cultura vitivinícola que en sus marfiles o sus cerámicas medievales. Habrá quien me califique de banal por tratar de comparar objetos de claro valor histórico, los marfiles y la cerámica, con distinguidos complementos de mesa.

Pero aquí hemos de tenerlo claro: todo objeto producido por un ser humano es susceptible de contarnos la historia de ese ser humano. Si le damos más valor a un marfil románico que a una botella de Rioja será por dos razones: que estemos interesados en el mundo románico y la botella de Rioja se queda fuera de ese tiempo; que no somos capaces de entender toda la repercusión histórica de esa botella, más allá de trasegarla.

Hay objetos del pasado que pueden contarnos más sobre ese pasado que otros. Es cierto. El acta de la declaración de la independencia de Estados Unidos cuenta más sobre esa independencia que la pluma que utilizaron los padres de la patria para firmar el acta. Pero para que esa información sea conocida, el acta no necesita estar en Washington. Podría estar en cualquier otro lugar del mundo, pues siempre que se conserve de forma adecuada, su información no se va a perder. Que un objeto esté en manos públicas no implica necesariamente ni que se conserve mejor, ni que sea accesible a todos. El museo de Arte colonial de la Antigua Guatemala, de titularidad pública, es un buen ejemplo de lo que acabo de decir.

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