Vuestro centro histórico se nos muere

por Pablo Díaz Donoso

Escoger dónde vivir suele ser una decisión más pasional que racional. Es por esto que, desde hace algún tiempo, vivo en Extremadura.

Situada al oeste de España, haciendo frontera con Portugal, constituye una de las zonas con más encanto de todo el país. Si bien es una región eminentemente rural y con escasas oportunidades de empleo, ofrece a cambio una calidad de vida que lo compensa.

Ya sea por sus pequeños pueblos encalados, sus parajes naturales o sus ciudades llenas de callejuelas con aspecto medieval, Extremadura es un lugar maravilloso para vivir. Aunque a veces querer vivir en un espacio de larga tradición histórica puede ser complicado como indica la noticia que recogía el diario regional Hoy, en su edición digital.


Alcazaba de Badajoz
Foto: Icorbacho

“Un impuesto de decoro y ornato para obligar a los propietarios de viviendas y solares a salvar el casco antiguo”

Se trata de impuesto para el centro histórico de Badajoz,  la ciudad con más habitantes de la Comunidad Autónoma. Al parecer, el aspecto de algunos inmuebles denota un escaso mantenimiento de los mismos, y han saltado las alarmas entre quienes consideran que el casco histórico, como conjunto indivisible y homogéneo, debe ser conservado.

El texto de la noticia nos informa de que plataformas y partidos políticos piensan en crear un impuesto para obligar a los propietarios de viviendas a mantenerlas en buen estado.

Lo llamarían impuesto especial de decoro y ornato, y recaería sobre los propietarios de solares y viviendas del casco antiguo, para obligarlos a mantenerlos en buen estado, revirtiendo el ayuntamiento lo recaudado en rehabilitar el parque inmobiliario.

Según comentan, el barrio atraviesa una decadencia latente y progresiva.

El objetivo, dicen, es hacer del casco antiguo un lugar amable que sea atractivo para vivir.

Incluso se habla en el artículo  de constituir una policía de barrio dedicada específicamente al patrimonio. Entre el cometido de esta policía, dependiente de la que ya opera en la ciudad, estarían tareas como la vigilancia del barrio para velar por unas mínimas condiciones cívicas.

Además, apuestan por el cierre nocturno de la Alcazaba, la zona fortificada de la ciudad, creando una brigada de vigilancia en ella.

El caso de los cascos históricos supone uno de los ambientes más hostiles para sus habitantes. Y dicho ambiente cuenta con el beneplácito, casi unánime, de toda la población.

Porque ser propietario de un inmueble en una de estas bellas zonas de nuestras ciudades implica de facto adoptar un modo de vida, en cuanto a la relación con el propio inmueble, que debe ser minuciosamente tutelado por las autoridades en materia de patrimonio.

Si usted necesita renovar su cubierta, abrir una ventana, iniciar una actividad comercial o mejorar las anticuadas instalaciones de su propiedad, deberá contar, aparte de con los permisos habituales del organismo de obras competente, con la solemne y rigurosa visita de los servicios técnicos oficiales encargados de velar por la conservación del patrimonio.

Que las autoridades protejan de esta manera nuestros cascos históricos se debe a que suponen un trozo no de la historia, sino de nuestra historia, de nuestro pasado común, del hilo conductor que nos recuerda a todos de dónde venimos. Y esto prácticamente nadie lo cuestiona.

¿Pero es realmente así?

No. De ningún modo.

El casco histórico de cualquier ciudad es, como cualquier otra zona de la misma, el espacio de relación y vida en común de cada uno de sus habitantes, de sus comerciantes, y de todo aquel que ha decidido instalarse allí para desarrollar sus proyectos o actividades.

Y son ellos los que, de común acuerdo, deberían establecer las condiciones para desarrollar, de la mejor manera posible, sus vidas. Incluso si ello pasa por alterar el aspecto del propio barrio, convertirlo en un decorado para rodar películas o incluso demolerlo.

El hecho de que sus edificaciones hayan llegado hasta nuestros días con un excelente estado de salud es una buena noticia para los que amamos la arquitectura y la historia, y gustamos de contemplarlas, pero no puede ser de ninguna manera un hecho que nos otorgue al resto de los ciudadanos la potestad para decidir cómo se debe vivir y desarrollar la vida en dichas partes de la ciudad, aunque nos duela.

Que a los amantes de la arquitectura y la historia nos apasione contemplar bellos edificios antiguos y caminar por callejuelas empedradas no nos confiere la capacidad para obligar a la totalidad de la población a compartir dichos gustos, y muchos menos a adoptarlos a la fuerza.

De ninguna manera podemos apropiarnos de la tarea de decidir cuáles son las condiciones que propiciarán, como dice la noticia, un lugar atractivo en el que vivir.

En el caso de Badajoz deberíamos plantearnos a quién beneficia dicho impuesto, si a los habitantes de la parte antigua, o a los que dicen saber qué es lo que beneficia a los habitantes de la parte antigua.

Y en el caso de que la medida beneficiase a los propios habitantes del barrio, ¿por qué el resto de la población tiene que obligar a dichos habitantes a impulsar medidas, por muy beneficiosas que sean para ellos?

Y lo que es más flagrante, ¿en qué momento hemos entregado el poder a la administración para sancionarnos con impuestos si no adoptamos las medidas que la propia administración estima que son más beneficiosas para nosotros?

Es momento de establecer un debate sereno sobre qué es el patrimonio y sobre si ha de ser conservado o no, y si esa posible conservación deben decidirla las autoridades o sus legítimos propietarios.

También sobre quién decide qué es patrimonio y bajo qué pretextos.

Y sobre todo sobre la manera en que el llamado interés general convive con la propiedad privada.

¿Porque, existe realmente la propiedad privada, o realmente sólo existe el usufructo, con la administración como última responsable de decidir sobre todos los bienes?

Un pensamiento en “Vuestro centro histórico se nos muere

  1. Correcto. Mis padres eran propietarios de una casa vieja en el casco viejo de Badajoz que nos ha costado Dios y ayuda venderla. Si le añaden impuestos se entorpece que nadie quiera invertir en remodelar viviendas.

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