Categorías históricas

A la hora de abordar el estudio del pasado, una de las fórmulas más sencillas y a la vez pedagógica, es la de reunir grupos de nuestros antepasados en categorías más o menos bien definidas en donde la individualidad de cada persona se pierde por la supuesta claridad de la generalización.

Así, hablamos de nobles y estado llano. O de clase alta, media y baja. O de bárbaros y civilizados. O de conservadores y liberales.

El problema de estas categorías no es tanto su uso instrumental, como el carácter absoluto que acaban por adquirir.

 

 El juramento del Juego de Pelota Jacques-Louis David


El juramento del Juego de Pelota
Jacques-Louis David

Un ejemplo rápido: en la Revolución Francesa comenzada en 1789, el estado llano (o Tercer Estado) se levantó contra el rey y la nobleza, cortándole la cabeza a buena parte de éstos. El resultado final, fue la victoria de una parte de ese estado llano, los burgueses (en esencia, comerciantes e industriales enriquecidos) que asentaron el estado liberal.

Esta explicación expeditiva tiene el riesgo de confundir más que aclarar. Pudiera parecer que la nobleza, toda, era retrógrada, mientas que el estado llano, todo, era revolucionario. Recuerdo cuando de adolescente descubrí que tras la Revolución Francesa no sólo vino un emperador (que no un rey), Napoleón. Sino que, además, a la caída de Bonaparte, le reemplazó Luis XVIII, hermano del guillotinado Luis XVI. ¿No habíamos quedado que la burguesía había triunfado y había acabado con todos los nobles? ¿Cómo es que aún quedaban Borbones vivos y mandando?

Además, entre los revolucionarios hubo nobles (como el singular marqués Pierre Francois d’Antonelle) y entre los contrarrevolucionarios muchos campesinos, como se pudo ver en la Guerra de la Vendée.

(Por cierto, en los años 80 del siglo XX, los historiadores Reynald Secher y Pierre Chaunu aplicaron el término de “genocidio” a lo ocurrido en la Vendée durante la Revolución Francesa. Quizás, uno de los primeros casos de un uso extralimitado del término genocidio, como si las masacres necesitaran ser adjetivadas para ser condenables.)

Claro que antes de entrar a pensar si un noble es reaccionario o progresista, habría que tener claro qué es un noble.

Quizás, entre las categorías genéricas que tenemos en historia, no dejen de ser de las mejor definidas. Un noble no es un tipo que va a caballo y lleva espada, aunque durante algunos siglos se les reconocía a la mayoría por ello. Un noble tampoco es un señor que viste ropa de mejor calidad que el resto de la sociedad, y cuyos apellidos son largos y llenos de guiones, aunque muchos nobles se presentan recordando la larga retahíla de sus antecesores. Un noble tampoco es un joven de educación exquisita, romántico y caballeroso. Después de todo el marqués de Sade era marqués.

En esencia, un noble es aquel que no paga impuestos, por lo general, por concesión real. Y se distingue claramente de todos aquellos que sí los pagan, los pecheros o estado llano. Pero tampoco esto de no pagar impuestos es algo absoluto. Puede haber nobles que se vean forzados a contribuir con el Estado, como esos hidalgos cántabros (y un hidalgo es un noble) que pagaban alcabalas y mantenimiento del rey.

Si pensamos en otras categorías más difusas, los problemas de definición crecen: ¿quién pertenece a la clase alta? De partida, la respuesta parece sencilla: aquellos que tienen una cantidad elevada de ingresos, un ritmo de vida bastante dispendioso y unas condiciones sociales muy exquisitas y refinadas. Ahora toca definir qué es una cantidad elevada de ingresos, qué significa gastar mucho y cuál es la exquisitez por antonomasia. No, no es un mero juego semántico. Es un ejercicio que todo historiador debe hacer al enfrentarse al pasado: dejar las reglas de la partida claras.

Por ejemplo (y es un ejemplo sin rigor), en la ciudad de Santiago de Guatemala, en el siglo XVII, haremos entrar en la clase alta a las personas que puedan tener unas rentas superiores a los 6000 ducados anuales. Esta definición quizás no sirva para el siglo XVI, ni el XVIII, ni el XVII en Venecia o Estambul. Pero nos clarifica mucho sobre lo que estamos hablando. Definido el grupo de clase alta, podemos tratar de caracterizarlo y ahí hemos de ser rigurosos con las estadísticas. Por ejemplo, no podremos afirmar que la clase alta era muy católica si no podemos demostrar que el medio centenar de familias que tenían esa renta por encima de 6000 ducados eran practicantes habituales. Si sólo conocemos un caso de un beato permanente, no me sirve, por muy alta que sea su renta. Necesitamos asegurarnos con muchos, mejor con todos.

Al final, pese a nuestros intentos por generalizar, por crear categorías explicativas, éstas sólo adquieren validez cuando están sometidas al análisis minucioso de la mayor parte de los individuos que integran esas categorías. El resto son afirmaciones gratuitas, la mayor parte de las veces erróneas.

Así ante la afirmación de “los mexicanos son orgullosos”, tendremos que dejar claro quiénes son los mexicanos, que entendemos por orgullosos y, después, analizar cuantos de los considerados mexicanos responden al concepto de orgullosos. Si decidiésemos que son mexicanos los más de 112 millones de personas censadas en los Estados Unidos Mexicanos, para atrevernos a afirmar que los mexicanos son orgullosos, deberíamos haber analizado una muestra representativa de unos 15 millones de ellos. Llegados a este punto, si usted no conoce personalmente a 15 millones de mexicanos corre el riesgo de equivocarse al caracterizarlos.

Y ese es un riesgo en el que incurrimos los historiadores constantemente: imponer sobre los individuos, sobre cada individuo, lo que consideramos propio de todo el conjunto.

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