Consumir cultura (1 de 2)

Recientemente, el escritor y columnista Juan José Millás criticaba el término de consumo cultural considerando que la cultura no puede ser consumida en el sentido de que la obra adquirida no desaparece después de su uso. El lector de Crimen y castigo puede recorrer la novela de Dostoievski tantas veces como quiera sin que por ello la novela desaparezca, el placer disminuya o haya que pagar al autor por cada vez que se siga la historia.

Desde un punto de vista semántico, Millás parece tener razón. Consumir es destruir, extinguir, gastar energía. Sólo si leyéramos tanto la novela rusa que se rompiera la encuadernación o tuviéramos un accidente que destruyera el libro, entonces sí podríamos hablar de su consumo.

Crimen y castigo Michail Petrovich Klodt (1874) Galeria Chastnoye Sobraniye

Crimen y castigo
Michail Petrovich Klodt (1874)
Galeria Chastnoye Sobraniye

Sin embargo, el propio Millas hace un uso extensivo del término consumo al hacer referencia a lo que él mismo sí consume: energía eléctrica, berberechos, yogures, tarjetas de crédito, paciencia, un reloj Rólex o un exprimidor de fruta. Algunos de esos conceptos se gastan una vez consumidos (como la electricidad o lo berberechos), otros se renuevan casi de forma automática (como la paciencia), mientras que otros pueden tardar en deteriorarse, dependiendo de su uso, casi tanto como un libro, como es el caso del exprimidor o el Rólex.

Obviamente, la idea que defiende el columnista es que no tiene el mismo valor para la formación de una persona la lectura de Dostoievski que un reloj de marca. Por supuesto que no tienen el mismo valor, pero también es probable que la escala de valores de Millás diferirá de la de otros muchos seres humanos.

Yo no consumo un peine cuando, tras comprarlo, me peino por primera vez. Es más, si soy cuidadoso, el peine puede durarme años, no tengo que pagar por él cada vez que me arreglo el cabello y para muchas personas es más importante salir bien peinado que conocer las cuitas de Raskólnikov. Podemos hacer una encuesta rápida a nuestro alrededor y descubriríamos cuanta gente, mucha, reconoce un buen peinado y cuanta, poca, sabe que Rodión Raskólnikov es el desventurado protagonista de Crimen y castigo. Sin duda, una novela no tiene el mismo valor que un reloj o un peine, pero no es evidente que la novela tenga más valor.

Vivimos apegados al concepto de que la cultura es un bien supremo. Entendiendo la cultura como concepto restringido. De nuevo, desde el punto de vista semántico, y como bien saben los antropólogos, cultura es todo lo que produce el hombre a partir de su raciocinio (frente a lo natural). Pero hemos ido “exclusivizando” el término para referirnos sólo a ciertas artes y espectáculos (también variables según intereses y modas).

A partir de ahí, la cultura (como concepto restringido a arte y espectáculo) se considera que ha de ser un bien subvencionado para asegurar que llega a todo el público. En realidad, no se critica tanto el hecho de asociar consumo y cultura, sino el hecho de pensar que la cultura (arte y espectáculo) sea mercantilizada. En ese sentido, el famoso director de orquesta indio Zubin Mehta consideraba criminales a los políticos, en este caso españoles, que querían arrebatar la cultura a los ciudadanos por los recortes presupuestarios infligidos, entre otros organismos, al Palacio de las Artes de Valencia.

En otras palabras, no es el dinero lo que se rechaza, sino que ese dinero deje de venir de las arcas públicas para lo que, en este ejemplo, Zubin Metha considera que es la verdadera cultura: la música clásica. Pero yo puedo considerar que ese dinero público habría de dedicarse a otras manifestaciones culturales (concursos de novela o montajes de música tecno) o, sencillamente, no ser recaudado y que cada cual se lo gaste en el espectáculo que más le atraiga (desde ballet contemporáneo a exposiciones de graffiteros). Con lo que, como vemos, el debate sigue siendo sobre lo que unos pocos consideran que ha de ser la cultura y no sobre la forma de financiarla, aunque esta parezca ser la razón principal. Es más, cuando pagamos por la cultura, bien sabemos lo que queremos.

La situación del cine ha sido ejemplar. Volviendo al caso de España, las salas de proyección han ido agonizando lentamente. Por un lado, la mejora en los aparatos de reproducción y visión hogareños, pero, sobre todo, la piratería de las películas, adquiribles en el mercado callejero a muy bajo precio estaba acabando con los cines tradicionales. Hasta que los dueños de las salas han decidido rebajar drásticamente los precios de las entradas y los cines se han vuelto a llenar. Era la pasta, como decía el crítico Boyero, y no la calidad de las películas o los piratas lo que estaba acabando con el cine. No hacía falta subvencionar la industria cinematográfica local, había que establecer un precio de mercado que los consumidores sí consideraran razonable (ya saben, el costo de oportunidad).

La cultura es un producto humano, susceptible de ser intercambiado y el mercado es una de las formas de intercambio entre personas. Los humanos tienden a ser muy humanos, incluso cuando se trata de la cultura (arte y espectáculo).

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