Culturicémonos

Un grupo de animadores culturales se reúnen en la Antigua Guatemala para llevar a cabo un taller de dinamización del turismo de la ciudad.

Punto inicial: el atractivo turístico de la ciudad reside, sobre todo, en su valor cultural. Dicho de forma corriente, que tiene muchas cosas viejas y bonitas. También habrá quien hablará de las tradiciones, la gastronomía vernácula… Siguen siendo cosas que les damos valor por ser de hace (mucho) tiempo.

Pero es posible que haya visitantes que no se interesen ni por las ruinas, ni por los cuadros del siglo XVIII, ni por el pepián, ni por las procesiones de Semana Santa. Quizás les gusten más las discotecas de fin de semana o la ocasión para los locales de conocer (en profundidad) a estudiantes foráneos aprendiendo aquí español. Pero estos turistas de la farra parecen, para los animadores culturales y la prensa que les hace eco, más un problema que una oportunidad.

 "Excalibur" de Boorman (1981) Imagen: Orion Pictures


“Excalibur” de Boorman (1981)
Imagen: Orion Pictures

De modo que nos quedamos con el visitante, lugareño o de allende de las fronteras, que viene a practicar turismo cultural. Que viene, en definitiva, a ver monumentos, arte.

El primer debate es claro: ¿se cobra por ofrecer esa cultura? La respuesta parece evidente, pensando en el desarrollo social. No, no se puede cobrar por culturizar a la gente.

Culturizar. Singular palabra.

Tratamos de hacerla sinónimo de educar. O, mejor aún, una forma superlativa de educación. Una educación más esmerada, con más prestigio. La RAE es menos generosa. Define culturizar como “civilizar, incluir en una cultura”. La primera acepción no parece muy positiva para nuestros turistas. Un incivilizado es un tipo grosero, mal educado, sin conocimiento. Pienso que no es el caso (casi nunca) de los turistas.

Lo de incluir en una cultura podía tomarse con más cariño. Provengo de la cultura A y me inserto en la cultura B, sin que la A haya de ser menos que la B.

Es posible que el problema real sea que la RAE siempre vaya un paso por detrás de los hablantes (cierto) y aún no se ha dado cuenta que culturizar tiene esa otra posibilidad semántica de mejorar a una persona ya de partida educada.

¿Mejorar? Ya hemos hablado en este blog de la pasión que sentían Hítler y otros líderes nazis por la música de Wagner. Esto no significa que no se pueda escuchar a Wagner (ese final de la película Excalibur con la muerte de Sigfrido al fondo es una escena insuperable en la historia del cine). Sencillamente, que uno puede extasiarse con uno de los compositores de música clásica más complejos que existen y no dejar por ello de ser una mala bestia.

Eso que abusivamente llamamos cultura y que antes se metía en las etiquetas de bellas artes y espectáculo es una producción humana más, encaminada, sobre todo, al deleite de las personas. No a su formación educativa entendida como respeto social. A partir de ese punto, ¿por qué no se ha de cobrar la entrada de un museo o de una exposición? ¿Qué nos lleva a pensar que si el muchacho campesino que disfruta un día de recreo en la Antigua no puede ver las imágenes de las salas de Capuchinas se convertirá en un asesino? O, mejor, ¿que el hecho de verlas hará de él un ingeniero nuclear?

Hemos convertido a la cultura en un mito salvífico. Antes uno rezaba mucho y lograba el paraíso eterno. Ahora, uno escucha muchas sinfonías, ve muchas películas de cine y visita muchas galerías de arte y logra la sabiduría eterna. No podemos negar esa felicidad suprema haciendo pagar por ella.

Pero es un error. Yo elijo la forma en la que quiero vestir, o beber, o comer. Y pago por ello. Porque reconozco a aquellos hombres que produjeron mi vestido y mis alimentos y porque deseo vestirme y comer y beber. ¿Por qué no valorar al productor cultural? Al que crea y al que preserva, creando con su preservación una nueva forma de entender la obra.

En definitiva, ¿por qué no entender que querer ser “culto” es una elección, no una obligación y que las mejores personas no son necesariamente las más cultas?

Un pensamiento en “Culturicémonos

  1. La cultura es un lobby más: viste al político con legitimidad, que por otro lado es construida por la gente de la “cultura”. Como lo que ofrecen no tiene demanda popular que lo sostenga, piden al político -con cargo al contribuyente-, ese sustento. De ahí el resentimiento de los profesionales de la cultura con el capitalismo, salvo en los sitios donde no estuvo reñido hacer dinero y ser artista o intelectual de éxito comercial y de crítica, como Estados Unidos.

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