¿Esto es arte? (1 de 2)

Acaba de aparecer un libro de Félix Ovejero, profesor de economía y ética, titulado El compromiso del creador que trata de reflexionar sobre la forma del arte contemporáneo y hasta qué punto determinadas obras pueden ser consideradas arte.

Para ello, trata de emplear tres principios de validación: qué era arte en la tradición artística, cómo los estudios de estética actuales puede ayudar a reconocer el arte, y, sobre todo, el compromiso moral del artista, su empeño por hacer arte y no sólo por burlarse del espectador o el cliente.

 Los personajes de Falcon Crest Foto: CBS


Los personajes de Falcon Crest
Foto: CBS

El tema sin duda es interesante desde que Gombrich, afamado historiador del arte, afirmara aquello de que no hay arte, sino artistas. Es decir, personas reconocidas por la sociedad como creadores.

Obviamente, Gombrich no es el culpable de los dislates del arte contemporáneo, sencillamente se limitó a certificar lo que ocurría a su alrededor. El urinario de Duchamp  era una obra de arte, porque Duchamp era considerado un artista.

El libro de Ovejero viene, por tanto, a continuar ese debate de hasta qué punto lo que los artistas y los críticos de arte tienen razón cuando valoran objetos que la mayor parte del público no aprecia o no entiende.

Si bien es cierto que la mayor parte del ensayo de Ovejero trata de centrarse en la moral del creador, nos gustaría reflexionar sobre los otros dos puntos que trata (la tradición y la estética). Sobre todo, porque el propio autor entiende que, en el terreno ético, las ramificaciones que se abren son múltiples: si el artista se divierte con su obra, ¿es inmoral? ¿Y el que habla del arte por el arte sin compromiso social? ¿Y qué hay del que apoya con su obra a un dictador, a un gobierno totalitario?

Pero volvamos a la tradición y la estética.

El punto de partida de Ovejero es que se ha perdido una tradición que tenía unas reglas que permitía establecer qué era arte y qué no lo era.

¿Cuál es esa tradición? En realidad, nuestro autor, como otros muchos dedicados al análisis de la historia del arte, se basa en los objetos conservados en los museos y en los manuales de texto más habituales.

Esa es una tradición muy reciente, fabricada casi de forma constante. En realidad, hasta el siglo XIX no había museos que marcaran la pauta de qué era arte. De modo que la producción de los siglos previos conservados en esos museos son una selección, pequeña y arbitraria, de lo que las sociedades del siglo XVIII, XVII y anteriores consideraban que era arte. Para Christine de Pisan, biógrafa de Carlos V de Francia, monarca del siglo XIV, sus obras de arte más destacadas eran sus joyas. Esencialmente por el valor económico de los materiales con los que estaban hechas. Sin embargo, muy pocas de esas joyas se exhiben hoy en los museos, de modo que hemos perdido una referencia clave de lo que era arte para la gente del siglo XIV y hemos construido una imagen del arte de ese siglo a partir de lo que se ha conservado o lo que hemos seleccionado en el XIX y XX.

Tenemos el hábito de simplificar mucho las sociedades del pasado.

Hay mitos contemporáneos que han influido más en la elaboración artística actual que la obra de grandes genios. Siempre he considerado que Falcon Crest, la serie televisiva donde se narraban las vicisitudes de varias familias de vinateros californianos de los años 80, ha sido más importante para mucha arquitectura española que las lindezas de Foster, Zaha Hadid o Tuñón y Mansilla. Son muchas las casas estilo Angela Channing (malvada número uno de Falcon Crest) que pueblan las ciudades y pueblos de España.

Pues bien, en el pasado también pudo haber un Falcon Crest. Obviamente no en serie de televisión, sino en forma de grabados o litografías múltiples veces repetidos o de croquis a lo Villard de Honnecourt. Y pueda ocurrir que no tengamos en cuenta ni el Falcon Crest actual, ni el pasado o, aún más divertido, que hayamos sentado como tradición académica, pulcra, correcta y elevada a algún Falcon Crest del siglo XV o XVI.

Es posible que haya mucho arte contemporáneo malo, por razones estéticas, de creación, de conservación o económicas, pero no hemos de apelar a una supuesta tradición sagrada del pasado (ojo, Ovejero no lo hace, sencillamente, insinúa su existencia).

Porque la diversidad de gustos, la obsesión por buscar un supuesto arte perfecto, el artista charlatán o las modas brillantes que después desaparecen sin dejar rastro no son exclusivas del presente. En una buena historia del arte, en una adecuada reflexión estética, también deberían incluirse las que hubo en el pasado y no convertir ese pasado en un mundo heroico con una voz única, la de nuestros manuales de arte gestados en el siglo XIX.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *