¿Esto es arte? (2 de 2)

Si una obra de arte difícilmente podrá considerarse como tal a partir del compromiso moral de su creador, ni podemos apelar a supuestas tradiciones maximalistas del pasado, por ser éstas inventos a posteriori de los historiadores del arte, ¿qué recurso nos queda hoy para valorar la buena producción artística?

En el libro de Ovejero, El compromiso del creador, aboga por una especie de estética científica, trayendo a colación, en el prólogo, al mismo Gombrich, quien se lamentaba de que los otros científicos (en genética, por ejemplo) dieran grandes avances en sus disciplinas, mientras los historiadores del arte se enredaban en discusiones bizantinas.

 "Cow Parade" en Madrid Foto: madridmasd.org


“Cow Parade” en Madrid
Foto: madridmasd.org

En realidad, hay dos cuestiones iniciales a abordar antes de responder a Gombrich y Ovejero.

La primera es a cuánta gente le preocupa, realmente, entender qué vale en el arte contemporáneo. Hagamos un análisis muy simple. El museo del Louvre, tomando el museo más popular de Francia, fue visitado en 2012 por casi tres millones de franceses, lo que supone que un 4,5% de la población de ese país estuvo atraída por el arte. La verdad es que la preocupación de un 4,5% de la población no parece una preocupación destacada.

Quizás el malestar auténtico llega a la hora de pagar ciertas obras de arte, si la cantidad desembolsada es especialmente atrevida y proviene de fondos públicos. En ese momento, sí es posible que un porcentaje elevado de los contribuyentes puedan preguntarse si es buen arte ese por el que están pagando. El caso de la cúpula de la UNESCO por Miquel Barceló es un buen ejemplo de “preocupación por el arte”.

Pero más allá de la incidencia social, volviendo a la propuesta de Gombrich, ¿qué es lo que estudia un historiador del arte? O mejor aún, ¿es el historiador del arte el que decide qué es una obra arte? Es decir, el que establece los parámetros para que una obra pase al grupo de la producción magnífica de la humanidad.

Es posible que haya muchos historiadores del arte que les gustaría estar ahí. Ese poder para imponer un objeto, un estilo, una moda sobre el resto de la gente.

Pero en realidad, no funciona así.

Como científicos, el historiador del arte analiza obras que han sido reconocidas socialmente como arte. Trata de entender por qué ese objeto ha ganado esa consideración, quién lo produjo, en qué circunstancias, qué influencias (de personales a socioeconómicas) tuvo. De alguna forma, viene a ser un notario de los gustos estéticos de cada momento, incluso, al margen de sus propios principios estéticos.

Algo así como la RAE que no se inventa el castellano, sino que se limita a dar validez a la forma en que los hispanoparlantes hacen evolucionar la lengua: añadiendo palabras nuevas, descartando las inutilizadas, regularizando verbos, construyendo nuevas locuciones…

Cuando el historiador del arte salta de esa labor de fijación a la de la valoración de las obras, no puede considerar que lo hace como científico. Podemos saber qué partes de la lengua distinguen lo ácido de lo amargo, lo dulce de lo salado. Pero que yo prefiera un pastel a un pepinillo ya depende de mis gustos personales, no de ningún estudio sesudo. Lo mismo ocurre en arte.

Puedo explicar por qué Picasso triunfó en vida y Van Gogh, no. Puedo explicar por qué Duchamp logró fama con su urinario, pero si lo pongo yo a la puerta de mi casa la municipalidad puede ponerme una multa. Puedo explicar el peso que el mercado puede ejercer en la fama de un artista o la mala gestión de los herederos en el olvido de otro.

Pero no puedo pretender establecer un criterio único sobre los gustos de las personas, de todas las personas. Porque depende de la voluntad de cada una. Puedo forzar ciertos gustos, puedo tratar de imponer una moda, puedo hacer desaparecer todas las partituras y grabaciones de música clásica para que sólo se escuche rap. Pero aún entonces, habrá a quien siga sin gustarle el rap y siempre será posible que vuelva a nacer otra persona que en el futuro tenga capacidad para hacer música clásica sencillamente porque le gusta.

El arte responde a la formación de artistas y público, a la capacidad creativa de sus productores, a las modas, a los mercados, pero sobre todo a la libre voluntad de cada cual por elegir qué le gusta y qué no.

Cuando hay un solo arte oficial, cuando todos deciden valorar, apreciar y admirar exclusivamente una forma única de hacer arte, no lo duden, estarán en un régimen totalitario (como la Alemania de Hitler o la Unión Soviética de Stalin) y allí nadie se preguntará: ¿Esto es arte? porque no tendrán libertad para hacerlo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *