Los bajos fondos del arte

Hasta el 24 de mayo, se puede visitar en el Petit Palais de París una curiosa exposición titulada Los bajos fondos del Barroco. La Roma del vicio y la miseria. Se trata de una exposición de pinturas del siglo XVII dedicadas a una serie de temáticas que no son las habituales ni de los clientes de la época, ni de los museos y coleccionistas actuales.

Es cierto que los cuadros de prostitutas y tramposos tampoco son tan raros en lugares como el Prado o el Louvre. Sobre todo, cuando con la excusa de una lección moral, el artista aprovechaba para mostrar a unos tipos humanos tan atractivos, como supuestamente despreciables.

 "La adivina" (1617), de Simon Vouet Imagen: www.simonvouet.org


“La adivina” (1617), de Simon Vouet
Imagen: www.simonvouet.org

Pero en la exposición del Petit Palais, a los burdeles y las tabernas de mala muerte, se unen otras temáticas más inhabituales: la homosexualidad sin ningún tapujo (como el joven desnudo de Lanfranco); la violencia extrema, del asesinato a la violación (como se ve en grabado de Claudio Lorena sobre un secuestro); la burla más cruel (como ese pastor que orina en una estatua clásica en una obra de Poelenburgh); o, incluso, los actos satánicos (como una escena de brujería bastante desagradable de Salvator Rosa).

Pongámonos en contexto. Estamos en el siglo XVII, con una serie de artistas de origen muy variado (napolitanos, toscanos, pero también franceses, flamencos, nórdicos), pero que trabajan todos en Roma, en la ultracatólica Roma desde donde los Papas claman por acabar con los protestantes reformados. Una Roma que aviva las llamas de la guerra de los Treinta Años (1618-1648) que asoló por completo Alemania, o que no tiene inconveniente en aprobar los autos de fe de un Felipe IV, o la revocación de los derechos de los protestantes franceses por parte de Luis XIV.

Que en un ambiente tan intolerante, haya artistas que se dejen llevar por el mundo demoniaco o de la delincuencia, podía ser un riesgo.

Bien es cierto que los clientes que pagaban por este tipo de cuadros amortiguaban el peligro. Muchas de las obras expuestas en el Petit Palais fueron concebidas para los palacios de los cardenales y los príncipes romanos, para la corte de Madrid o la de María Cristina de Suecia.

De alguna manera, existía un doble juego, algo hipócrita. Los grandes mandatarios tanto de la Iglesia como de las monarquías, que no dudaban en condenar a través de la Inquisición, cualquier desviación del dogma católico, no tenían inconveniente en ornar sus casas (en muchos casos, sus estancias más privadas) con obras que serían consideradas claramente pecaminosas.

Sin embargo, lo llamativo es que esa corriente entre atrevida e hipócrita, no llegó a cruzar el Atlántico. En el arte colonial, de la costa este de Estados Unidos, de Hispanoamérica o de Brasil, no hay sitio, en el siglo XVII, para el arte burlesco, violento o brujeril. En América, las obras se ciñen mejor al dogma (católico o protestante) y ni las clases altas se permiten, en la intimidad, un exceso de liberalismo.

En la Europa hija de aquellos artistas más atrevidos y aquellos magnates más hipócritas, hoy se disfruta de una sensación de libertad que no se da en otros lugares que aún se siguen aferrando a lo políticamente correcto, que no es más que otra forma de hipocresía.

Acaso, pasados tres siglos, las sociedades que hoy abogan por lo políticamente correcto habrán entrado en la fase de la Roma del siglo XVII, cuando empezaron a entender, aquellos europeos que  vivían a orillas del Tiber, que romper con el dogma no era un delito, sino aceptar la normalidad.

Sólo que si hay que esperar otros tres siglos para que esos dogmas dejen de ser la mordaza que impide que las sociedades sean realmente libres, lamentaré no poder llegar a disfrutarlo.

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