¿Pizarra negra o teja ocre?

por Sergi Esteban

La ciudadela fortificada de Carcasona (Languedoc, Francia), declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad en 1997, es quizás el más espectacular ejemplo de fortaleza medieval que se conserva en la actualidad.

Sin embargo, no todo el mundo vio con buenos ojos ya a finales del siglo XIX que se viera expuesta a un proceso sistemático de restauración.

 

 Acceso a la ciudadela de Carcasona Foto: Sergi Esteban


Acceso a la ciudadela de Carcasona
Foto: Sergi Esteban

Fue iniciada probablemente durante la Edad de Hierro sobre un promontorio en la orilla del río Aude. Los romanos irguieron una muralla alrededor de la que aún se conservan diecisiete torres. A finales del siglo XI, Bernardo Aton IV Trencavel reclamó el gobierno de la ciudad en disputa con el condado de Barcelona. Para disuadir ataques exteriores y sublevaciones internas, en 1130 ordenó la construcción de un castillo y la reparación de las murallas exteriores. Setenta y nueve años después, su biznieto Ramón Roger Trencavel fue víctima de la cruzada albigense que el Papa Inocencio III decretó para exterminar el catarismo. La ciudad fue asediada y conquistada por Simón de Montfort, que la entregó a Luis VIII, rey de Francia. Su hijo Luis IX hizo construir una segunda muralla de protección. Carcasona se situaba entonces como un puesto fronterizo a la corona de Aragón. En 1240 el hijo de Ramón Roger fracasó en el intento de recuperar la ciudad. El rey no olvidó la ayuda que éste recibió de las villas colindantes de Saint-Vincent y Saint-Michel y ordenó la destrucción de ambas y el realojamiento de sus habitantes en la orilla opuesta del río Aude fundándose la llamada ciudad baja o Bastida de San Luis.
Los sucesores de Luis IX continuaron con los trabajos en la ciudad: se repararon los muros, se nivelaron las lizas -el terreno entre ambas murallas-, se añadieron más pisos al castillo y se restauraron algunas de las antiguas torres romanas. El recelo se instaló entre los habitantes de la ciudadela y los de la ciudad baja. En 1590, durante las Guerras de Religión, hubo una serie de violentos enfrentamientos entre la ciudad baja protestante, fiel a Enrique IV, y la ciudadela, bastión católico que se negó a reconocer al nuevo rey hasta 1592.
En el siglo XVII, la fortaleza inicia su decadencia. En 1659, el Tratado de los Pirineos transfiere el Rosellón a Francia y marca el desplazamiento de la frontera hacia el sur. Carcasona deja de ser un puesto estratégico. La Bastida prospera gracias a la industria téxtil y las clases pudientes se instalan en ella, así como la jurisdicción o la sede episcopal. La ciudadela pierde su autonomía municipal y se transforma en un humilde arrabal de Carcasona. Se limita su uso a almacén de armas y alimentos y a principios del siglo XIX es finalmente abandonada por el ejército. Las paredes del castillo son socavadas para nuevas construcciones, los humildes pobladores construyen viviendas en las lizas y se instalan bodegas y graneros en las torres.
Ese lento pero inexorable proceso nos hubiera dejado únicamente la posibilidad de observar las majestuosas (o no) ruinas de la otrora imponente fortaleza de no ser por la idea de conservación del patrimonio histórico que empezó a extenderse por Francia -y el resto del mundo- durante el siglo XIX. El historiador local Jean-Pierre Cros-Mayrevieille movido por la destrucción de la barbacana, las piedras de la cuál eran saqueadas por constructores locales, solicitó de las autoridades la protección del conjunto. El inspector general de monumentos históricos nombró al joven arquitecto y arqueólogo Eugène Viollet-le-Duc como encargado del estudio de la restauración de la fortaleza.
Tras seis años de análisis, Viollet-le-Duc llevará a cabo el ambicioso proyecto que se iniciará con la catedral de Saint-Nazare e irá abarcando, a medida que le será concedido más crédito, otras áreas del conjunto como el recinto interior (1855), la puerta de Narbona (1857) o los techos de las torres. En 1864 es el turno de la puerta de Saint-Nazare y el exterior de la muralla sur y en 1874 de la torre del tesoro. La obra de Viollet-le-Duc será continuada a su muerte por su discípulo Paul Boeswillwald. En 1902 se iniciarán los trabajos de restauración del castillo, en 1911 se derrumbarán las últimas viviendas de las lizas y dos años después se considerarán las obras finalizadas y quedará configurado el icono que ha llegado hasta nuestros días, 100 años después. Apenas un 30% de la ciudadela ha sido restaurada pero la imagen de la misma se ha transformado completamente.
Esta transformación supuso no pocas críticas a su creador. Dentro del inicio del debate entre conservación y restauración, que para algunos suponía una pérdida de la idea romántica de las ruinas clásicas que conferían una particular interpretación y permitían liberar la imaginación de cada uno, a Viollet-le-Duc se le acusó de reconstruir la ciudadela según sus experiencias previas en el norte de Francia. En efecto, se usó la clásica pizarra negra -ajena a la zona- para crear unos tejados cónicos a semejanza de los castillos góticos francos y que contrastan con las torres acabadas en terraza de clásica teja ocre de los castillos de la región. En su defensa, Viollet-le-Duc argumentó que durante los trabajos encontró numerosos fragmentos de pizarra y que podría ser lógico pensar que los caballeros francos que dirigieron la cruzada contra los cátaros y entregaron la ciudad al rey de Francia bien podrían haber llevado consigo esos materiales para cumplir los requerimientos de los ingenieros reales que llevaron a cabo la ampliación de la fortaleza. Similares críticas produjo la reconstrucción de ventanas y puertas de las torres visigodas, los matacanes o el puente levadizo de la puerta de Narbona. El propio Jean-Pierre Cros-Mayrevieille, el impulsor de la campaña para la preservación del monumento, se lamentaba en una carta al ministro de bellas artes de que se había construido, rehecho de nuevo y demolido para reconstruir, cuando se trataba originalmente de evitar la caída del monumento y de trabajar por su conservación manteniendo sus características primitivas. Sin embargo, Viollet-le-Duc tenía una concepción diferente de la restauración. En su Diccionario razonado de la arquitectura francesa del siglo XI al XVI expuso que “restaurar un edificio no es mantenerlo, repararlo o rehacerlo, sino restablecerlo a un estado completo que pudo no haber existido jamás en un momento dado“. Para ello, el restaurador debería ponerse en la piel del primer arquitecto y aplicar el espíritu de la obra para tratar de devolver al conjunto del edificio su forma original a partir de las partes aún existentes. Viollet-le-Duc fue acusado de buscar una unidad de estilo -generalmente el gótico, en el conjunto de su obra- desechando modificaciones posteriores de valor histórico y artístico. Esta visión llevaría a que en los años 60 se realizaran algunas cubiertas en tejas ocres con el fin de obtener una imagen fiel a las diferentes etapas del monumento. Por este motivo podemos apreciar hoy en día en la muralla torres coronadas con tejados de los dos colores.No es la única obra del arquitecto francés objeto de crítica -la Basílica de Saint-Sernin de Toulouse, restaurada por él en el siglo XIX, fue desrestaurada a finales del siglo XX para dejarla en el estado precedente al de su trabajo- pero el caso es que la coherencia y la unidad de estilo que presidió su labor en Carcasona fue una de las razones que expuso la UNESCO para conceder a la ciudadela el estatus de patrimonio de la humanidad por la profunda influencia que supuso en el desarrollo de los principios y práctica de la conservación.

 

A nivel científico, es posible especular que una restauración supone una modificación de la evolución natural de un monumento que no tiene forzosamente porqué crear una copia de lo que fue el mismo en otra época y que puede incluso suponer una pérdida de indicios que, con una mejor investigación o unos hipotéticos futuros avances técnicos, pudieran evocarnos una imagen más precisa de ese pasado. Pero es indudable que a nivel divulgativo es una herramienta para acercar la historia a los no especialistas, pudiendo éstos adentrarse en ella de forma más profunda y menos farragosa. Evidentemente, la restauración debería ser hecha con el máximo rigor para minimizar el impacto en el propio monumento y acercar el resultado final a la veracidad lo máximo posible, sin olvidar que el objetivo final, tal como estableció la Carta de Venecia en 1964, es salvaguardar tanto la obra de arte como el mensaje que represente la misma como testimonio vivo del pasado; un mensaje, sin embargo, que será mucho más fácil transmitir a partir de la labor de estudio y recreación que del lento e inexorable deterioro que pueda padecer el monumento.

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