Saqueo en el archivo

Hace unos días, apareció el libro de Wendy Kramer, George Lovell y Christopher Lutz titulado Saqueo en el archivo. El paradero de los tesoros documentales guatemaltecos (publicado, entre otros, por CIRMA).

Se trata de un ensayo, bien documentado, que recoge las desventuras de numerosas fuentes históricas, sobre todo de la época colonial guatemalteca, agitadas por el mercado de antigüedades.

 Portada de "Saqueo en el archivo" (2014) Foto: CIRMA


Portada de “Saqueo en el archivo” (2014)
Foto: CIRMA

Aunque en un principio pueda parecer un texto que narra un expolio, está llamado a ser un gran auxiliar para los historiadores que quieran seguir el rastro de algunas colecciones documentales “viajeras” del reino de Guatemala (ese territorio que en la Edad Moderna se extendía desde Chiapas a Costa Rica).

Pero, además, la lectura del trabajo de Kramer, Lovell y Lutz nos ha de llevar a reflexionar sobre la conservación de los bienes históricos. En primer lugar, los autores nos recuerdan que ya hay objetos de patrimonio que salen de Centroamérica hacia destinos lejanos desde el mismo siglo XVI. Primero a España, pero, debido a los piratas, con algunos envíos desviados hacia Francia o Inglaterra. Ya en el siglo XIX, Alemania y Estados Unidos se convierten en destinos preferentes, en ese momento asociado al mercado de obras antiguas.

A continuación, reconocen la lamentable situación vivida por el Archivo General de Centroamérica, sobre todo a finales de los años 70 del siglo XX y como, por el contrario, los documentos exportados se encuentran en una saludable condición.

Finalmente, nos recuerdan como la salida de buena parte de esa documentación fue voluntaria: desde el conocido como códice Mendoza que el virrey de la Nueva España envía a su monarca a Europa (por tanto, yendo de un lugar del mismo estado a otro lugar de ese mismo estado), hasta regalos institucionales como la gramática cachiquel que Mariano Gálvez ofreció a Estados Unidos en 1836 o, sencillamente, cuando el sacerdote Brasseur de Bourbourg se llevó la copia del Popol Vuh de Francisco Ximénez (de comienzos del siglo XVIII) a Francia por su gusto por los libros raros.

De partida, la documentación legal referida a un lugar preciso, parece que lo más oportuno es que esté en ese lugar preciso, sobre todo por ese carácter legal que puede ser requerido por los lugareños. Hasta aquí, nada que objetar. El problema es cuando la documentación legal adquiere el carácter de bien histórico y entonces parece necesario que el objeto se quede en un sitio determinado no por su uso práctico (reconocer unos derechos o deberes), sino por formar parte de la identidad nacional de ese sitio. Sobre todo porque esa identidad nacional, siempre arbitraria, puede ir contra la misma lógica geográfica. Así, hoy en el Archivo General de Centroamérica en Guatemala hay documentación de las repúblicas vecinas, que Guatemala no tiene interés en entregar, por ser parte de “su” pasado colonial, pero que posiblemente Nicaragua u Honduras reclamarían por ser también parte de “su” pasado colonial.

Pero, al mismo tiempo, las vicisitudes históricas de las repúblicas centroamericanas no han sido especialmente benignas con el patrimonio histórico. Recuerdo el estado en el que hallé las esculturas de los retablos de Zacualpa, localidad del Quiché guatemalteco, que habían sido macheteadas durante el conflicto armado. Los bienes inventariados fuera de Guatemala por Kramer, Lovell y Lutz, por el contrario, siguen en muy buen estado.

¿Es suficiente haber preservado esos bienes para que sigan fuera de Guatemala? En tanto fueran adquiridos legalmente, no habría razón para devolverlos a sus antiguos propietarios. El que a nosotros hoy nos parezca impropio haber vendido bienes hace un siglo, no significa que al que lo hizo, le pareció impropio. Una vez más, ¿puedo reclamar una propiedad que mi tatarabuelo vendió sólo porque hoy considere que mi ancestro era un manirroto? Si consigo que esa propiedad sea declarada un bien nacional, sí puedo reclamar. Mientras no tenga esa condición “superior”, parece que no. Porque esta es la clave del libro de Kramer, Lovell y Lutz. La mayor parte de los documentos perdidos y hoy vueltos a localizar fueron adquiridos legalmente, incluso la gran colección que Hiersemann, editor alemán, vendió a las Hispanic Society of America de New York.

Sin duda, desde un espíritu patriotero, puede parecer mal que lo que debería estar en un lugar esté en otro, pero eso ya forma parte de las fobias nacionalistas. Para el investigador, la ventaja del libro Saqueo en el archivo es que le informa de adónde puede acudir para consultar las fuentes que requiere.

2 pensamientos en “Saqueo en el archivo

  1. Estoy de acuerdo, pero no me puedes negar que sería más conveniente para el estudioso de la historia de Guatemala, que se pudiera acceder a esos archivos en la misma Guatemala. Si el investigador carece de recursos… cómo puede completar su investigación si tiene que desplazarse a Nueva York, Texas, o Madrid?
    Porque en Guatemala no es que haya muchas becas de investigación que te paguen billetes y estancia en el extranjero…

    • Lamentablemente, esa es una situación a la que un historiador se enfrenta de forma continuada. Toda la información relevante sobre un objeto a estudiar no se haya, necesariamente, en el mismo sitio. Para empezar, en el caso de la Guatemala colonial, al menos la mitad de la documentación histórica, por defecto, puede hallarse en Sevilla, en el Archivo de Indias. Podríamos remitir todas esa documentación sobre Guatemala de vuelta al país. Pero, entonces, ¿qué hace el historiador que quiera investigar la incidencia de los conquistadores españoles que llegaron a Guatemala sobre sus ciudades de origen? Por ejemplo, hasta qué punto influyó el obispo Marroquín en las mejoras habidas en su Turienzo natal, allá en Santander. El historiador santanderino consideraría que todo lo relativo a Marroquín debería estar en Santander. El guatemalteco opinará de forma diferente. En este sentido, un historiador no es distinto de cualquier otro científico (físico, químico, biólogo…) que sí tienen el hábito de viajar, sabiendo que no todo se puede tener o se puede saber en su lugar de origen, pues, afortunadamente, ciéntificos con ganas de investigar y progresar hay en todas partes.

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