Viendo llover

Es el espacio uno de esos términos polisémicos que si no se define de partida puede generar más confusión que claridad. Recuerdo, de adolescente, mientras estudiaba Física en el colegio y el espacio no era más que la distancia entre dos puntos, que escuchaba hablar a Fernando Chueca, notable arquitecto restaurador, sobre el espacio arquitectónico, con un empeño que me chocaba pues no me quedaba muy claro cuál era la diferencia entre el espacio que separaba, por ejemplo, un árbol de un balón de fútbol, de la que separaba una columna toscana de otra columna toscana, siendo esta distancia la que le causaba mayor arrobo a don Fernando.

Con el tiempo comprendí que para un arquitecto (y para un geógrafo y para un historiador…), el espacio no era sólo distancia, sino también volumen, no como un contenedor cerrado, sino como una perspectiva por donde desplazábamos nuestro cuerpo o nuestra vista. Esto último fue la más singular lección que aprendí de Chueca cuando, mostrándome un retablo de una iglesita de Ávila, me decía que podía entender cada recoveco que había tras las pilastras o las estatuas o los putti de ese retablo porque podía imaginar ese espacio oculto gracias a mi vista.

O como el insigne Palladio dijo hace varios siglos: si vemos una escalera, nos imaginamos el segundo piso.

 El Cerro de la Encantada (Granatula de Calatrava) Foto: Hamp


El Cerro de la Encantada (Granatula de Calatrava)
Foto: Hamp

El espacio, por tanto, de partida, se percibe. Sólo después se recorre… o no. Pero somos capaces de entender que hay una dimensión, una superficie, un horizonte, por cercano o lejano que esté a partir del punto en el que nos encontramos. No sólo es una cuestión visual. También hay una gradación de los sonidos, dependiendo de cuán lejos o cerca esté. Incluso, de los olores. ¿Quién no ha percibo el olor de la tierra mojada que anuncia la lluvia y que se va intensificando según la tormenta se acerca?

Toda esta reflexión sobre el espacio viene al hilo de un blog anterior, donde reflexionaba sobre las escalas geográficas a partir de una conferencia del profesor Thomas Garrison. En ese blog, hablaba de tres tipos de escala, la geológica, para las grandes estructuras geomorfológicas (cordilleras, mares, penínsulas…); la geográfica, para los accidentes del terreno vistosos pero abarcables para un ser humano: un río, una colina, un bosque; finalmente, la cotidiana, para la pequeña orografía que enfrentamos cada día en nuestra vida corriente, la pendiente que he de subir para sacar el carro del garaje o la plaza sin árboles que he de cruzar cuando voy a buscar a mi hijo al colegio.

Tras publicar el blog, tuve ocasión de volver a sentarme con Thomas y discutíamos el valor de esas escalas. En ocasiones, la escala geográfica puede ser muy cotidiana. Recuerdo cómo trabajando en el yacimiento arqueológico de la Encantada, en Ciudad Real, España, subíamos a lo alto del sitio a ver las nubes que podían venir desde los montes de Toledo o desde Sierra Morena, para saber si ese día iba a llover. Estamos hablando de distancias de hasta cuarenta kilómetros. Una dimensión que, habitualmente, no utilizamos para verificar el estado del tiempo. La escala geográfica se confunde con la cotidiana. Thomas, en el sitio del Zotz, me contaba como la cueva de los Murciélagos, que da nombre a este yacimiento maya, podía ser el punto de orientación para entender el cambio de estaciones (solsticios, equinoccios y demás).

Más allá de la dimensión real del accidente geográfico, hay, pues, una función de dicho accidente. No se trata sólo de ser capaces de observarlo, de percibirlo, sino de sacarle partido. Ese aspecto pragmático debe incidir a la hora de entender la geografía por la que se desplazan los hombres (los actuales y los del pasado). En la escala cotidiana, hemos de entender al mismo tiempo la dimensión y el uso. Ya no es sólo que haya una pendiente, sino que seamos capaces de entender si esa cuesta fue una barrera o un útil para la gente que vivió en ese lugar.

Vuelvo al caso de la Encantada. Emplazada en lo alto de una empinada colina, cerca de Granatula de Calatrava, su situación estratégica nos hace pensar de inmediato en un punto de control militar. Pero esa es la primera reflexión que nos hacemos todos los historiadores de cualquier punto alto. Ya en el terreno, es posible ver venir al enemigo en ese radio de cuarenta kilómetros que hablábamos antes, pero debido a las colinas cercanas, si los atacantes estaban situados tras alguno de esos cerros, a quinientos metros escasos, ya no se les veía, y a esa distancia es cuando el rival es verdaderamente peligroso.

Me doy cuenta entonces que nuestra observación de las lluvias daba resultados más interesantes. De igual manera, podíamos ver, por ejemplo, que campos habían reverdecido, pensando en donde llevar a pastar al ganado. O que otros rebaños se habían movido hacia esos campos reverdecidos, bien para no llevar las ovejas allí, bien para ir a expulsar al pastor entrometido.

Mientras escribo estas líneas me apercibo de que, como historiador, no se trata sólo de ser consciente del paisaje (aquello de ubicarlo en el Google Maps para saber dónde está en el planeta Tierra), sino que he de entender, primero, la escala cotidiana desde un punto de vista práctico, no según mis a prioris, sino tratando de meterme en la piel de la gente del pasado y de cómo ellos percibieron y, sobre todo, utilizaron el territorio. Después, puedo pasar a escalas mayores, en el territorio, o en la historia. Quizás hubo alguna batalla clave en el entorno del cerro de la Encantada. Pero si los habitantes del cerro estaban preparados ese día es porque durante otros muchos, muchísimos días, subieron a lo alto del cerro a ver llover.

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